—Esos hombres señor, me habian oido, cierta ocasion, lamentarme con lágrimas en los ojos de no saber quiénes eran mis padres; de no haber recibido jamás una caricia maternal; de ignorar qué entrañas me dieron a luz, qué seno alimentó mi infancia con su sustento propio.
Mi dolor de entonces, que es mi dolor de siempre, merecia respeto. I sin embargo, apenas esos hombres me divisaron de una a otra vereda de la calle detuviéronse en actitud insultante i me gritaron diciendo:
¡"Allá vá un bastardo"!
Ese dicterio penetró a mi alma, como la fria hoja de un puñal; el eco de ese grito humillante resonó en el fondo de mi corazon i resuena hasta ahora en mis oidos.
Mi primer ímpetu fué lanzarme sobre mis agresores, que para herirme escojian la cuerda mas sensible de mi corazon: avancé algunos pasos hácia ellos, ébrio de cólera i de exaltacion, pero recordé que estaba solo i que ellos eran tres; que yo era un adolescente i ellos ya hombres. Pensé entonces que podian abusar de la superioridad del número i de la fuerza brutal. Hice un esfuerzo supremo para refrenar los impulsos de mi carácter naturalmente impetuoso i el despecho de mi amor propio herido en lo mas íntimo; i resolví contarle a mi protector el agravio que me habia sido inferido para que él lo reparara. Acudí al efecto a su casa, i me presenté a él pálido, demudado i trémulo. Quise referirle el lance ocurrido, pero mi corazon palpitaba con tal violencia que se me cortaba la respiracion: queria articular una palabra i la palabra moria en mis labios a la par que la indignacion ardia en mi alma. Balbuceé por fin una frase inintelijible. Mi pecho jadeaba i la voz se me anudaba en la garganta, como la vaga articulacion del mudo que batalla angustioso, pero en vano, por arrancar el sonido que imita la palabra.
—¡Pardiez! ¡que tu exaltacion subió de punto!
—Por cierto, señor.
—¿I qué resultó por fin?
—El cura contemplaba atónito mi turbacion. Despues de un momento en que quedó silencioso i paralizado me hizo una señal con las manos que parecia decirme: ¡habla! ¿qué te pasa? El breviario que leia en esos momentos, sentado en una mullida butaca, cayó de sus manos i rodó entreabierto a sus piés. Púsose por fin de pié i me dijo: