—¡Por Dios Gabriel! ¿qué desgracia te ha sucedido? ¿qué te tiene en ese estado de desatentada turbacion?

—¡Pobre cura! Que gratuito fué el mal rato que le diste Gabriel! esclamó Manfredo.

—En seguida, señor, prosiguió Gabriel, se me aproximó el cura, i estrechando una de mis manos entre las suyas volvió a decirme:

—¡Habla Gabriel! mira que aquí estoi yo para aliviar tus amarguras, para consolarte en tus tribulaciones. Recobrando entonces paulatinamente la tranquilidad, le contesté:

—No se alarme, señor; no es nada que importe una trascendental desgracia, pero sí una injuria que exije reparacion. Contéle entonces calurosamente el lance que acabo de referirle a Ud.

El viejo cura por toda respuesta me miró fijamente i sonriendo con ironía, me dió una palmada en el hombro i me volvió la espalda para tomar nuevamente su asiento. Al través de la indiferencia que mostró por mi indignacion me pareció, en esos momentos, notar en ese bendito sacerdote el rostro de la imbesilidad. Arrellenando su obesidad en la butaca i dándose una palmada en la frente esclamó un momento despues:

—¡Oh! Gabriel solo a tu edad son escusables esos arrebatos insensatos, esos arranques propios solo de un temperamento vilioso i ardiente como el tuyo.

—Jamás me imajiné, señor, que diera Ud. tan poca importancia al hecho de ver mancillado mi decoro, repuse lleno de enfado. Insistiendo él sin embargo en su sonrisa agregó:

—¡No seas niño Gabriel!

—Así seré siempre niño señor cura; i ojalá que de ese modo ni los viejos dejaran de serlo. ¡Todo, menos el aprecio de sí mismo puede envejecer en el hombre! le contesté.