—¿Te sientes enferma, Raquel?
—Sí, siento algo afectado el corazon: tengo una constante opresion al pecho que llega a empalidecerme.
Manfredo la levantó de su asiento, le dió el brazo, i conduciéndola a su alcoba, la reclinó cariñosamente sobre su lecho, abrigóle los piés con una colcha de pieles, i despues de imprimir un beso en su frente i alizarle el cabello que ondulaba al descuido sobre sus sienes, se retiró para dejarla reposar tranquilamente.
Raquel tendida sobre su cama, con un brazo lijeramente replegado sobre el pecho i el otro caido con abandono, cerraba los párpados como esforzándose para reprimir con ellos un torrente de lágrimas oculto.
Dias i meses habian pasado sin que nada enturviara la tranquilidad de ese hogar. Raquel consagrada a sus labores domésticas i sus piadosas devociones: Berta al estudio de la música, al bordado, a la lectura i al cultivo de las flores: Albertito a sus tareas escolares: Gabriel al cumplimiento de sus obligaciones caseras. Padres e hijos cobráronle a éste un cariño tal, como si estuvieran ligados a él no solo por la comunidad de la vida sino por lazos de sangre. I él lejos de engreírse pagaba con usura, cariño por cariño. Jamás se acostaba por la noche sin que todos lo hubieran hecho antes, sin que estuvieran apagadas todas las luces de la casa: la recorria siempre mientras los demas estaban entregados al silencio, la oscuridad i el sueño. Los sirvientes le tenian una respetuosa estimacion.
XVI
Manfredo habia dado por asistir, todas las noches a una casa en la que se reunia un círculo de amigos. Allí, hasta las altas horas de la noche o a veces hasta el rayar del dia siguiente, consagraban ellos sus veladas al juego. Entraban a esa casa carteras repletas de dinero que salian vacias, cuantiosas fortunas que desaparecian de la noche a la mañana. I un vicio conduce a otro: las copas de licor se empinaban tambien con maravillosa continuidad. Manfredo cotidianamente tocaba a deshoras de la noche las puertas de su casa escitado por las emociones del juego, que palpitaban en su rostro, por los efectos de la bebida que desencajaban su semblante i entorpecian su palabra.
Jamás Gabriel dejó de esperar en pié a Manfredo, a la hora de sus llegadas nocturnas, para abrirle la puerta de la casa, encender la luz en su habitacion i acompañarlo mientras se acostaba. Inútil fué que Raquel i el mismo Manfredo se lo prohibieran.
Una tarde veraniega, en que las nubes revestian el cielo como nuncios de tempestad, i en que acompañado de su esposa i de su hija tomaba el rico café habanero, en uno de los cenadores del huerto, se presentó un sirviente. Manfredo al verlo salió precipitadamente a su encuentro, recibió con cautela la carta que le fué imposible ocultar de las miradas de su esposa. La desgarró con impaciente lijereza de manos, buscó la firma. Dejó caer una mirada ávida sobre esa hoja de papel, que, apesar suyo temblaba entre sus manos, como si fuera el nuncio de una tempestad del corazon, i devolviéndola al sirviente, casi sin leerla, le dijo: