—Dile que está bien i que personalmente la contestaré.

Volvió en seguida a tomar asiento en el fondo del senador. Su mano trémula no pudo sostener la tasa de café i dejándola sobre la mesa, dijo a su esposa:

—Me siento mal de salud, i como la tarde está tan descompuesta voi a recojerme. I en efecto, se dirijió a su aposento i se encerró en él.

Berta i Raquel, que contemplaron esa escena llenas de pavor le seguian con la vista. Rogaron en seguida a Gabriel para que con cualquier protesto se introdujera a la habitacion de Manfredo, para zondearle la causa de lo ocurrido.

—Gabriel, por Dios, dijo Berta, confio en que tu perspicacia escudriñe la verdad de lo que le pasa a mi papá.

—Hace bien, señorita, de confiar en mí cuando es Ud. quien me lo pide.

Un momento despues consiguió, no sin alguna dificultad, introducirse Gabriel al cuarto de Manfredo. Este miró con sorpresa al jóven mulato que invadia su retiro, i el mulato a su vez fijó en Manfredo una mirada de avidísima curiosidad.

—¿Se ocurre algo Gabriel? le dijo paseándose a lo largo de su aposento, mohino i desazonado.

—No señor: he notado a Ud. mui triste i vengo a ofrecerle el pobre continjente de mi cariño i de mi humilde compañia, para ver si en alguna manera puedo ayudarle a remediar la causa de sus dolores.

—Gracias Gabriel.