—¿Talvez Ud. se sonreirá, señor, de mi pretension? pero el corazon me arrastra a su lado, i Ud. me perdonará.

—Gracias otra vez, hijo mio; déjame darte este título por que bien lo mereces.

—Pero bien, señor, ¿i qué sucede? ¿por qué se deja Ud. doblegar del sufrimiento?

—Prométeme Gabriel guardar el secreto i....

—Inútil es su encargo, señor: jamás me haria yo indigno de su confianza.

—Pues bien, lée esa carta.

—Gabriel la abrió impaciente i comenzó, de este modo su lectura, en voz alta:

—"Me veo, señor, obligado a decir a Ud. que si no me abona, en el plazo de 24 horas, la suma de 30,000 pesos que me adeuda.."

—¡Qué leo! Pero señor, dijo Gabriel ¿Cómo, cuándo ha contraido Ud. una deuda tan fuerte? i prosiguió la lectura, sin recibir respuesta ninguna. "Entre personas de honor una deuda contraída sobre el tapete de una mesa de juego es tan sagrada como si fuese sobre el escritorio del negociante, en una transaccion comercial."

—Dios Santo... ¡dinero perdido al juego! ¡Treinta mil pesos! esclamó Gabriel, comprimiendo la carta entre las manos i dando un paso atrás.