—¡Silencio Gabriel! repuso Manfredo, en voz baja i llevando el índice a los labios.
—Yo temblé, señor, de que sufriera Ud. un golpe de este jénero, desde que supe que frecuentaba Ud. la casa de un jugador, i temblaba tanto como si se tratase de mi propia familia, como si esa fortuna fuera mia.
—Comprendo Gabriel tu interés i te lo agradezco en el alma.
—Ya vé Ud. señor, que hasta su salud comienza a deteriorarse, i podria ello conducirlo a un funesto resultado, por que en su abanzada edad es imposible sobrellevar los golpes de la fortuna, resistir a las emociones del juego i a las veladas del jugador. I sobre todo, señor, ¿qué seria de su pobre familia sin la sombra del padre? ¿quién enjugaría las lágrimas de esos inocentes, en medio del luto, de la miseria i de la orfandad?
Manfredo al son de esas palabras se estremeció i cayó sobre un sillon, porque sintió sobre sí todo el peso de su desgracia.
—Perdón, señor, si le aflijo en vez de consolarle, dijo Gabriel.
Manfredo despues de un momento de silencio, en que permaneció con el rostro oculto entre las manos estendiole la diestra a Gabriel diciéndole:
—Habla, mi querido Gabriel: tus palabras me señalan el camino del deber, que lo contemplo lleno de dolor i de vergüenza, i, sobre todo, evitan talvez golpes nuevos i desgracia completa para mi pobre familia.
—Pues bien, señor; ya que tengo la dicha de que mis palabras hagan eco en Ud., quiero deberle el mas grande favor que podria Ud. hacerme en la vida: se lo pido en nombre de lo que sea mas caro para Ud; en nombre de su esposa, en nombre de la señorita Berta, en nombre de Dios, si es posible, dijo Gabriel, enjugando una lágrima.