Raquel, en compañia de su hija, se retiró sollozando. Manfredo volviéndose a Gabriel le dijo:
—Déjame un momento mi querido Gabriel, solo, entregado a mi dolor. Gabriel salió dejando la carta sobre una mesa. Manfredo dejóse caer nuevamente en un asiento, ya balbuceando palabras sueltas, ya comprimiendo las sienes entrambas manos, ya poniéndose de pié para sentarse nuevamente.
Raquel al retirarse a su habitacion, llorando i recibiendo las consoladoras caricias de su hija, le decia a ésta:
—¿Ya comprendes, Berta, en que consistió aquel fraude del comerciante habanero de que no hace mucho se quejaba tu papá? ¡Oh! a este andar quedaremos en la calle. Pobres mis hijos!
—¿Pero qué remedia usted con desesperarse? ¿no ha oido usted que mi papá le ha ofrecido a Gabriel no volver a ir a esa casa de juego?
—¡Ah! ¡me hablas de Gabriel! ¡Que bueno es Gabriel! ¿no es verdad Berta?
—Así es mamá; tiene por nosotros un interés i un cariño indecible.
—Deveras, mas parece un miembro de nuestra familia, que un simple camarero. ¡Ah! yo no creí jamás que un solo corazon pudiese encerrar tanto de noble i bueno.
—Ciertamente, mamá, Gabriel es nuestro ánjel consolador.