—¡Mi Berta! ¡mi adorada hija! tu amor.... ¡ah! ¡tu amor me ha salvado!...
—¿Salvado? ¿de qué, padre mio?...
—Esa carta que comprimes entre tus manos i humedeces con tus lágrimas, fué tambien empapada con las mias. ¡Era la carta de despedida de un suicida! i el suicida... ¡iba a ser yo, Berta mia!...
—¡Suicida!... esclamó Berta dando un alarido desgarrador, i cayó desmayada a los piés de su padre.
Desolada i jadeante acudió Raquel al cuarto de su esposo; precipitose sobre su hija; cayó de rodillas a su lado; la levantó entre sus brazos llorando, i alzando los ojos llenos de una mirada amenazadora, díjole a Manfredo:
—¿Qué has hecho con mi hija?
—Nada; repuso Manfredo con acento conmovido.
—¿I entonces?...
—Ha descubierto el término a que pudo haberme conducido mi situacion, i eso es todo.
En ese momento entró Gabriel, nervioso, pálido i profundamente emosionado, diciendo: