—¿Qué hai señor? Señora, ¿qué sucede? ¿En qué puedo ayudar a usted? Las lágrimas temblaban en sus negras pestañas, i surcaban sus morenas mejillas, como el rocio de la noche.
—Ayúdame, Gabriel a levantar a mi hija, dijo la madre. I entrambos consiguieron alzar del suelo su cuerpo exánime i tenderlo sobre el lecho de Manfredo.
Gabriel quedó de pié a la cabecera de ese lecho, con el alma en los ojos i los ojos en Berta. Parecia acariciarla con la mirada.
—¿Llamaré a un médico señor? preguntó mas de una vez, con un acento triste i tierno a la vez. Pero antes de que se le contestara, Berta exaló un suspiro profundo i entrecortado.
Gabriel, entonces, dió un paso indeciso i al parecer involuntario para contemplarla, como si ese suspiro hubiera tenido un atractivo magnético sobre su corazon.
Berta abrió los ojos entre los cuidados i las caricias de sus padres, paseó una vaga i melancólica mirada a su alrededor i despues de llevar la mano a la frente como para disipar la impresion que deja un sueño negro que se vá, se incorporó en su lecho echando el brazo al cuello a la madre, que permanecia sentada a su lado.
Gabriel, sombrio i mudo se retiró.
—Por Dios Manfredo, prorrumpió Raquel, ¿que es del porvenir de nuestra familia?... Díme....
—¡Mamá! ¡mamá! balbuceó Berta, ¡basta de funestos recuerdos! Al verme tendida sobre esta cama comprendo que algun accidente ha pasado por mí: pues bien, si es así, ha sido ocasionado por que mi pobre padre...