—¡Silencio Berta! dijo Manfredo. ¡Para tu madre vale mas la fortuna que la tranquilidad de su esposo, que el bienestar de su hija!
—No es eso Manfredo: es que tiemblo que si nuestra fortuna no está ya del todo arrojada a la calle, los golpes presentes no sean sino precursores de los que vendrán despues.
—Raquel, ¡en nombre de Dios te juro que no será así! cánsate de torturar este pobre corazon! I sabe que una caricia de nuestra hija me ha vuelto a la vida, i me ha librado de dejar a mi mujer sin esposo, i a mis hijos sin padre.
—Raquel, entonces, sobrecojida de espanto se precipitó hácia su esposo i le dijo:
—Manfredo, perdóname que un dolor lejítimo pero irreflexivo me haya arrastrado hasta la imprudencia.
Manfredo sin proferir una sola palabra estrechó fuertemente la mano de su esposa, i Berta se inclinó para buscar con sus labios las manos entrelazadas de sus padres.
—Bien esposa mia, dijo Manfredo, es preciso que, como advierto que lo deseas, conozcas la situacion. ¡Lo hemos perdido todo!..
—¿Todo?....
—No tanto, pero en fin, no nos queda sino una parte en el valor de la casa.
—¿I el fundo?