—Hace ya mucho tiempo que no es nuestro.
—¡Ah! ¡a la sombra de esos bosques discurrió la infancia de mi hija! ¿I la quinta, Manfredo?
—Tengo que venderla para pagar mi última deuda.
—¿I no cabria una transaccion con esos hombres que por la fuerza de la casualidad o con los resortes del fraude arrebatan tan cruelmente el pan de una familia?
—No Raquel; el honor de un hombre está sobre todo. I aunque así no fuese, se me maniató por completo, obligándome a firmar un documento, ahí, sobre el tapete de esa mesa de juego, cuyo recuerdo se me presenta a la memoria, ¡como a la memoria del condenado la tabla del cadalso!
XVII
La escaces reemplazó a la abundancia, la modestia al confortable de la vida. I pasaron esos primeros momentos de afliccion doméstica, en medio de una cristiana resignacion, como pasan, por ventura, todos los dolores humanos.
Cada uno de los de la familia se esmeraba con esquisita ternura en consolar al otro. Manfredo se consagró al trabajo cotidiano para asegurar la subsistencia de su familia. I esta gozaba al verle olvidado de sus funestas veladas i entregado por completo al retiro de su casa. Pasaban en fin una mediania tranquila, ¡una pobreza feliz! La satisfaccion del deber cumplido, los encantos de la virtud, las delicias del amor, parecian haber reemplazado a las voluptuosas satisfacciones de la riqueza, al recuerdo de la desgracia ajena adormecido por la felicidad propia.
¡Oh! ¡la desgracia es la redentora del hombre! ¡La adversidad es una nodriza adusta que contrae el ceño, pero que purifica a sus favoritos arrullándoles en su regazo!
Pero no hai cielo sin nubes, no hai hogar que no esconda el espectro de una desventura cualquiera.