La tarde era fria, el cielo estaba nublado. Berta de bracero con su padre iba a salir de su habitacion, embozada hasta los ojos en una capa negra, para tomar el aire libre i balsámico del huerto. Pero Gabriel con la mirada inquieta i el aire ajitado salió a su encuentro i la dijo:
—Señorita, ¿se siente ya mejor?
—Sí Gabriel; ¡gracias!
—Yo estaba tan impresionado con el accidente que le dió a Vd. que fuí a llamar al médico temeroso de que Vd. se empeorára.
—¿Raquel te dijo que fueras? repuso Manfredo, sonriendo.
—No señor, fué mi temor el que me mandó.
—En fin, Gabriel, tu te encargarás de despedir al médico cuando venga, agregó Manfredo, i continuó su paso. Pero Gabriel volvió a detenerlo rebozando de zozobra, i le dijo:
—Quizá, señor, no sea tan inútil la venida del médico...
—¿Porqué?......
—Por que el niñito Alberto no se siente bien, señor.