—Que tiene ¿Donde está? contestó Manfredo sobresaltado.
—Lo tenia meciéndose en la hamaca de mi cuarto, cuando de repente comenzó a quejarse: observé i tenia las mejillas encarnadas, afiebrada la frente....
—Basta, Gabriel, ¿donde está mi hijo? le interrumpió Manfredo, al mismo tiempo que Berta dió un ¡ai! de espanto. I padre e hija acudieron precipitadamente seguidos de Gabriel, a la alcoba en cuyo lecho dormia delirando el niño.
—El padre le puso la mano en la frente: Berta le tomó una de las manecitas: Raquel que no tardó en apercibirse de lo ocurrido se se aproximaba inclinándose al lecho de su hijo, se retiraba de él en busca de algo que ni ella misma se daba cuenta, para volverse a aproximar i contemplarle llorando.
A Dios gracias, alguien tocaba a la puerta, i ese alguien era el médico.
Raquel al divisarlo, salió despavorida a su encuentro i juntando las manos sobre el pecho, le dijo angustiada:
—Señor, ¡mi hijo se muere! ¡prométame volverle a la vida!..
—Tranquilícese, señora, contestó el doctor con risueña indiferencia, i guiado por Berta, siguió su paso.
Cuando el doctor examinaba al niño, deliraba éste, respiraba con violencia i ajitaba las manos, sofocado por la fiebre que le deboraba.