Pasaron así los años unos en pos de otros. Poco de qué gozar i mucho por qué sufrir, llegó a ser lo normal en el seno de esta familia. Sin embargo, sus sonrisas como sus lágrimas encubrian bastante las paredes de ese apartado hogar.
Presentóse a la sazon un hombre, portador de una carta.
En el aislamiento de la vida todo se hace una novedad. El cartero sonrió al verse rodeado de todos i acosado por preguntas hechas a un mismo tiempo. Pasó la carta rápidamente de mano en mano: llegó a la del padre a quien era rotulada i leyó en la direccion, esta palabra: urjente.
Al desgarrarse la carta esclamaba Berta: debe ser de mi tia Rosa. Nó, será de mi hermano, agregaba Raquel. Nó mamá, yo creo que es carta que a Gabriel le escribe su madre, dijo Alberto.
—Nó Alberto, Gabriel no tiene madre.
—¡I bien! ¿ninguno puede imajinarse de quién es la carta? dijo Manfredo, ajitando risueño el papel en la mano.
—¿De quién? contestaron todos a una voz.
—De Arturo de Bilbao, de mi sobrino Arturo, esclamó Manfredo, rebosando de alegria. I agregó: anuncia su próxima venida.
—¡Arturo viene! ¿Llega Arturo? ¿Cuándo? ¡Lea la carta! esclamaban todos al mismo tiempo. Madre e hijo en torno de Manfredo, mas allí el mulato cuyas chispeantes pupilas saltaban de ansiedad, escuchaban la lectura de la carta que decia literalmente así:
«Querido tio: