En pocos dias más debo hacerme a la vela para Cuba, el nido de mis sueños dorados. Puedo decir que estoi con el pié en la playa. ¡Oh! querido tio, si gozo lo indecible al recordar que pronto conoceré la vírjen América, gozo mucho mas al pensar que estrecharé en mis brazos a Ud., a su esposa i a la bellísima Berta, cuyo retrato tuve el gusto de ver en Madrid en casa de unas amigas mias. ¡Qué bella, qué encantadora debe ser mi prima!
Un tiernísimo abrazo a mi tia Raquel i un saludo cordial a Berta.
No concluiré, querido tio, sin pedirle un rincon en su hogar durante mi corta permanencia en Cuba.—Su amante sobrino,
Arturo de Bilbao.»
Imposible es describir la alegria de la familia. La carta fué leida mil veces. Los proyectos para la llegada de Arturo, el sentimiento de no poder hospedarlo con el confortable de antes, eran los únicos temas de la conversacion.
Pocos dias despues presentábase en la casa un gallardo mancebo, de alta i delicada estatura, de grandes i melancólicos ojos, de barba negra i aterciopelada que contrastaba con el color de su tez lijeramente pálida, con un espejuelo engastado en oro que colgaba elegantemente sobre el pecho i un chal terciado sobre el hombro.
Gabriel salió a su encuentro.
—¿Es esta la casa de don Manfredo?
—Sí, señor, repuso Gabriel, i partió precipitadamente a anunciar al recien llegado.