—¿Qué tiempo piensa Ud. permanecer en Cuba? preguntó Berta a su primo.
—Mi intencion es hacer un viaje corto; pero Ud. sabe Berta que el hombre propone i Dios dispone. Nada estraño seria que molestara a Uds. prolongando mi residencia en Matanzas.
—¡Molestia! esclamaron a un mismo tiempo Raquel i Berta; ojalá tuviéramos siempre esa clase de molestias.
—Veo Berta que tiene Ud. un elegante piano. La supongo una diestra tocadora.
—Todo lo contrario Arturo.
—¿Podria tener el gusto de oirla? dijo, i condujo a Berta al piano.
Mientras ésta hacia sollozar bajo sus delicadas manos un trozo de música nacional, i con las mejillas encendidas de rubor alternaba sus ojos de cielo entre el papel de música i el teclado del piano, sentia las miradas de Arturo que la ruborizaban, al punto de hacerla equivocarse a cada momento.
Al son de las notas del piano temblaba el corazon de Arturo, i se inflamaba su alma improvisando, por decirlo así, un sentimiento que mas natural habria sido que fuera obra del tiempo.
Berta salió del salon, i al regresar a él dijo a su primo:
—Arturo, acabo de preparar su habitacion. Ud. será indulgente sino la encuentra cómoda.