En estas i otras, entre la cena, la música i la conversacion, llegó la hora de recojerse, i todos los circunstantes se retiraron a sus aposentos. Dejaron a Arturo en la puerta del suyo, con palabras de amabilidad.

Arturo cerró las puertas de su alcoba i abrió las de su corazon. Su sueño no fué tranquilo. Paseóse a lo largo de su cuarto hasta las altas horas de la noche; cojió mas de una vez el ramillete de jazmines que se ostentaban en un pequeño florero; lo contempló entre sus manos, absorvió mil veces su perfume i lo volvió a colocar.

Eran las dos de la mañana i estaba en pié. Paseaba un momento, dejábase caer a ratos sobre una butaca, sacaba en su cartera las cuentas de las utilidades de sus últimos negocios. ¡Qué de sueños dorados! qué de castillos para el porvenir, forjaba esa imajinacion enardecida de improviso al rayo de la mirada de una mujer.

XIX

Pasó la noche. La aurora tímida sonrosaba el horizonte. El canto repetido del gallo, las campanas que tocaban a misa mayor, i el ladrido desapacible del perro, marcaban el alborear del dia.

Arturo que con un sueño intranquilo, como una pesadilla, comenzaba recien a reemplasar la ausencia del sueño de la noche, abrió i restregó los párpados; i todo fué percibir el albo rayo de la mañana que filtraba por las rendijas de su ventana i ponerse de pié para hacer, rápidamente, su espléndida toilete.

—¿Si Berta dormirá aun? pensaba, peinando el cabello, alizando la barba i enlazando el roson de la corbata.

¿Un instante despues salia de su habitacion con su andar pausado, i con su aire aristocrático paseábase a lo largo del corredor inmediato preguntándose al parecer a cada instante? ¿si Berta dormirá aun......?

No, Berta no dormia; soñaba sí, pero soñaba despierta; soñaba con el porvenir... El primer rayo de amor acababa de caer sobre su vírjen corazon, como cae el primer rayo de sol sobre la flor que se entreabre.