¿Qué importan flores que se deshojan, si en este siglo de oro el prestijio de la fortuna lo puede todo? he ahí el sentimiento que combatia en el corazon de Arturo, contra sus propios temores.
—Berta, la dijo, ¿simpatisa Ud. mas con el valor o con la timidez?
—El valor como la timidez me gustan siempre que sean en sus cabales, Arturo.
A la sazon se aproximó Gabriel, a anunciarles que Manfredo i Raquel les aguardaban en el comedor. I encamináronse allí, Berta apoyada del brazo de Arturo. Tomó éste asiento en la mesa siendo objeto de las atenciones i del aprecio de todos los de la casa.
—I mi hermano siempre tan lleno de vida a pesar de su avanzada edad, dijo Manfredo.
—Sí, señor, contestó Arturo, mi padre siempre bueno.
—¿I trabaja aún?
—Nó señor; para los negocios como para las letras mi padre está ya en cuarteles de invierno, decia; pero sus miradas se encontraban a cada rato con las de Berta.
—¡Lo que son las cosas! esclamó Manfredo sacudiendo la cabeza i restregando la calvicie con la palma de la mano, me parece que recien ayer ví a Arturo niño, en su traje de seminarista, mortificando a su padre los domingos para ir a pasear al Escorial en compañia de sus condiscípulos.