—Así es señor; el tiempo tiene alas. Tambien a mí me parece ver aún a Bertita arrodillada sobre las faldas de su madre i jugando con los rizos de su cabellera, como la ví en Madrid.

—¿Pero tambien recordarás, Arturo, que entonces tu prima no prometia ser tan fea? agregó Raquel.

—¡Oh! tia, si su retrato, como les dije en mi carta, me pareció bellísimo, veo ahora que mi prima desdeñó confiar sus gracias al papel.

—Gracias por la lisonja, balbuceó Berta inclinando la frente.

—¿Lisonja Berta? repuso Arturo.

—¡Lisonja! agregó la niña; i el rubor hizo bajar sus párpados i a tal punto invadió su rostro, que el alabastro pálido de su cútis tornóse rápidamente en porcelana sonrosada.

Un momento despues paseábase Arturo en compañia de Manfredo a lo largo de uno de los corredores prosiguiendo a mas i mejor en los recuerdos de España, de la familia de Arturo i en todo aquello que viene de ordinario en las entrevistas que suceden a las ausencias que recien pasan. La conversacion pareció animarse: deteníanse a momentos i accionaban con calor.

En éstas i otras pasó ese dia. Nuevamente Arturo contó las largas horas de la noche, entregado a un solo pensamiento. Tambien Berta volvió a encontrar a la mañana siguiente el tributo de un nuevo ramillete de flores arrojado a su ventana por la misma desconocida mano i probablemente mientras la aurora con su encendida corona anunciaba el reinado de un bello dia. ¡Ramilletes de flores! auroras del corazon i de los sentimientos de una mujer!

Estaba oscura todavia su alcoba; quiso encender una luz, i la luz se apagó; ¡pero no importa!.. la alumbraba la luz del alma, i pudo encontrar el nuevo ramillete; nuevo rayo de amor que inflamaba su corazon; ¡casta reliquia del primer amor!