—¡Berta rompe por Dios! tu silencio mortál, ódiame si no me amas. El amor i el odio son la vida; la indiferencia es la muerte.

—¿Plácido?.. balbuceó Berta.

¡Habla! ¡habla! la contestó el poeta, apoyando la gacha frente sobre las rejas. ¡Díme, díme que me amas!

—¿I qué podré decirte?... Si en tí no hai la franqueza de descubrirse ¿cómo me exijes la confianza de entregarte mi corazon? ¡Ah, vete!

—¡Irme!... ¡irme alejado por tí!...

—Pueden descubrirnos.

—Bien; dáme con las puertas si acaso quieres, ¡pero arrójame una esperanza, dia claro del alma!....

—¡Esperanza! murmuró Berta. ¿Esperanza, a tí que viniendo en pos del dia del alma, me buscas como la noche del misterio?

—Vengo a ofrecerte no mi nombre, sino mi corazon, ¡el corazon de un poeta!

—¡Poeta! esclamó Berta, entonces exajeras tus sentimientos.