—¡Bendita exajeracion!
—Pero en fin si me amas, Plácido, no me pongas en peligro de que nos vean, esponiéndote a que no nos volvamos a ver.
—¿I nos veremos mañana?
—No lo sé.
—¡Adios!.... murmuró Berta, con la barba que le temblaba de emocion.
—¡Adios! contestó el desconocido; i la luz del sol de la mañana invadió a torrentes; la niebla del cielo se disipó; la naturaleza parecia sonreir ante la felicidad de esos amantes.
XXI
Mantúvose Berta la mayor parte del dia sin salir de su habitacion: temia talvez a la indiscrecion de su fisonomia o de su mirada. Durante la hora de la mesa permaneció taciturna i silenciosa. Inútil fué esforzarse por devolverle la alegria perdida. Arturo la dirijia palabras humorísticas que no le hacian ni siquiera sonreir.
Durante la sobremesa contóle Manfredo a Arturo el malísimo estado de su fortuna. Este le escuchó con sentimiento i sorpresa, i a su turno contó con oportunidad e intencion que era dueño de una fortuna colosal i refirió la manera cómo la habia adquirido. Raquel no desprendió entre tanto una mirada ávida i curiosa de Arturo.