Berta a paso lento i aire distraido retiróse nuevamente a su alcoba. Arturo prosiguió la conversacion con sus tios sobre los elementos de felicidad que los padres debieran exijir al pretendiente de la mano de sus hijas. Platonisaba a mas i mejor sobre el particular, como que era parte interesada en ese asunto, Manfredo i Raquel le escuchaban con marcado interés.

Un momento despues, preparábanse Manfredo i Arturo para salir a pasear. Aquél le dijo a éste: ¿I Berta? deseara despedirme de ella.

Pasemos Arturo a su habitacion por que debe estar ahí, dijo, i se dirijieron a ella.

Berta estaba tendida sobre su lecho, con el rostro plácido i el brazo apenas desnudo, estendido sobre su frente, como la paloma que esconde bajo el ala la cabeza soñolienta. Verla tendida al través de las blancas cortinas de su lecho, parecia un ánjel mas bien que una mujer. El velo del pudor la cubria de tal manera, que si el ánjel de su guarda la hubiera contemplado así desde el cielo, habria descendido sonriendo a la cabecera de su lecho i lejos de regresar ruborizado, habria impreso talvez un casto beso sobre su frente pura.

Al presentarse Arturo delante de ese bello cuadro detúvose en el dintel de la puerta i casi al oido le dijo a Manfredo: duerme.... I su semblante animado parecia decir: ¡qué hermosa está! Gravóse en su corazon, con caracteres indelebles, la imájen de esa mujer, i su recuerdo brillaba incesante en su mirada.

Espiaba la ocasion mas propicia de vaciar su alma en el alma de Berta; i pasó estérilmente algunos dias en ese afan.

A la luz desmayada de la tarde, estaban sentados ambos cierto dia en uno de los bancos que se estendian a lo largo de las calles de jazmines del huerto. Despues de un largo silencio la dijo por fin:

—Yo no comprendo Berta cómo no ha inspirado Ud. una pasion inmensa i ruidosa.

—Se conoce, Arturo, que soi incapaz de inspirarla.