—¿Esclavo?
—Sí, esclavo de un sentimiento, contestó Arturo hondamente impresionado.
Berta a su vez se sorprendió.
—¿Calla Ud. Berta?
—Callaré siempre Arturo.
—Pero sepa Ud. que su silencio es mi sentencia de muerte.
Presentóse en ese momento el negro Estevan con un papel en la mano, i afrontándose respetuosamente a Berta la dijo, alcanzándola el papel.
—He aquí el diario de hoi que su merced me pidió.
Berta tenia la costumbre de leerlo siempre a esa misma hora. Desplegando el papel díjole a Arturo.