—¿Leámoslo Arturo?
Arturo estaba tan melancólicamente abismado en sí mismo, que no oyó u oyó a medias a su interlocutora, sin contestar mas que con un lijero movimiento afirmativo de cabeza.
Berta que seguia hojeando el periódico, con instantánea sorpresa retiró el papel de la vista, esclamando: ¡versos! ¡deben ser mui bonitos! ¡versos de Plácido! ¿Leámoslos Arturo?
—¿Ud. conoce a ese poeta?.. repuso Arturo, con la nerviosa impaciencia de los celos, i espiando la mirada de Berta.
—No sé quien sea repuso ruborizada, i leyó con acento de curiosa inquietud la siguiente composicion:
«EL JURAMENTO.
A la sombra de un árbol empinado
Que está de un ancho valle a la salida,
Hai una fuente que a beber convida
De su liquido puro i arjentado: