—Bien, hija mia, dijo Manfredo, en tono paternal i terminante, estoi comprometido a participar a Arturo el resultado de nuestra entrevista, i como yo ante todo debo velar por tu porvenir i por proporcionarte una suerte digna de tí i del cariño que como padre te profeso, te aseguro que no le daré a Arturo una respuesta negativa.
Berta seguia llorando en silencio. Raquel lloraba con ella, pero sin desistir de la tenacidad de sus propósitos. Manfredo se paseaba por delante de su hija interrumpiendo el silencio con reflecciones aisladas, con consejos sérios. ¿Qué contestas? la dijo a su hija mas de una vez, sin recibir de ella mas respuesta que sus calladas lágrimas.
—Bien, Berta, agregó despues, voi a decirle a Arturo que tu mano es suya.
—Que mi mano sea suya, padre mio, le contestó pero mi corazon no lo será jamás.
—Hija mia, tu no sabes que el tiempo hace lo que no puede la voluntad. Yo sé que llegarás a amarlo.
—¡Dios lo quiera! agregó Raquel. Nosotros hija mia, no queremos sino tu felicidad.
—¡Mi felicidad!.... murmuró Berta, sonriendo con amargura i llorando sin consuelo.
—Sí, hija mia, tu ventura, i nada mas, le contestaron sus padres.
—¡Mi felicidad!.. repitió Berta sacudiendo lijeramente la cabeza. ¡Mi felicidad!... volvió a decir por última vez.