Salió Raquel en ese momento del cuarto de su hija con direccion al de Arturo; pero la detuvo en el corredor uno de los esclavos negros diciéndola:

—Vengo a avisar a su merced que el camarero está enfermo; no ha salido hoi de su habitacion.

—¿Qué tiene? contestó Raquel profundamente sorprendida.

—No lo sé, señora, agregó el negro.

Raquel recibió la noticia como si se tratara de la enfermedad no del camarero, sino de un miembro de su familia, i acudió casi corriendo al cuarto de Gabriel. Estaba cerrado. Desde afuera escuchó Raquel algo como un quejido, algo como un lamento. Aproximóse a la puerta i percibió ruido de papeles, i estas palabras sueltas i significativas:

—¡Bastardo, mulato i pobre! si mi cuna no hubiera sido una pobre hamaca, i mi hogar un rancho...... ¡Oh! ¡seria feliz!..

Raquel sin poder ya contenerse empujó la puerta, entró casi sorpresivamente i encontró a Gabriel escribiendo delante de una pequeña mesa, cubierta de infinidad de papeles, cartas i herramientas. Se sentó ella junto a la mesa, i él se puso de pié, en señal de respeto.

—Siéntate, Gabriel; le dijo. Yo vengo a enjugar tus lágrimas. I en efecto gruesas lágrimas temblaban en los ojos de aquel como brillantes sobre un esmalte negro.

—Gracias, señora, mia, contestó Gabriel.

—¡Pero sé franco! ¿qué tienes? Yo te prometo, si tienes confianza conmigo, satisfacer tus deseos cualesquiera que sean i ahorrar tus lágrimas aunque sea a costa de un sacrificio. ¿Por qué llorar?