—Por nada, señora; lloro sin motivo; lloro solo por que tengo lágrimas que llorar.....

—No te aflijas, mi querido Gabriel, le dijo ella, con tierno i conmovido acento i posando su blanca mano sobre el hombro de Gabriel. Este, enternecido probablemente con el cariño de su señora lanzó un sollozo incontenible i contuvo otro. Encojió lijeramente los hombros, agachó la cabeza i enjugó una nueva lágrima.

—¿I sabes Gabriel que no debes estar triste, que tengo una buena noticia que darte?

Gabriel levantó la cabeza con los ojos que le blanqueaban diciendo: ¿Cuál mi señora?

—Que es ya mui probable el matrimonio de mi hija.

—¿I con quién, señora?

—Con Arturo.

—¡Me alegro!.. Dios quiera que sea feliz.

—Ya vez que estamos de plácemes, i que bien vale la pena de olvidar por ello aflicciones de poca monta.