Como la demasiada claridad perjudica al efecto de ciertos cuadros, cuyo principal mérito consiste en la vaguedad de las líneas y en la delicadeza y suavidad de las tintas, por idéntica manera ofende á veces la fama de ciertos personajes históricos, que parecían más bellos y grandes en medio de las penumbras donde se destacaban y al través de la neblina en que parecían como envueltos, la luz sobrado viva que arrojan sobre ellos y sobre sus hechos los documentos históricos. Tal ha sucedido con nuestro poeta. Mientras no le conocíamos más que por sus sentidísimas esparsas, impregnadas de cierto perfume de melancolía cual el que se exhala de los cipreses que rodean un sepulcro, creimos ver al cantor más apasionado, al par que el más cristiano y casto de los amadores, rodeado, como las figuras de las tablas de la escuela del Angélico, de un nimbo esplendoroso y místico; al cantor que había hecho de su corazón una ara y un incensario de su lira; al trovador que no había visto nunca del amor sinó el espíritu donde reside, jamás la corteza, más ó menos bella, donde está éste encerrado; al vate que, salvos tres ó cuatro cantos en que, cediendo acaso á influencias nada sanas, se había permitido decir mal de las mujeres, no había visto á éstas sinó transfiguradas, por decirlo así, en su amada Teresa. Mas hé aquí que una mano escudriñadora saca de entre el polvo de un archivo documentos hasta ahora ignorados, y muéstrase por ellos el hombre con todas las debilidades, con todas las miserias que son patrimonio de nuestra flaca naturaleza, y al proyectarse la sombra de éste sobre la imagen y el nimbo del poeta, que tan bellos y tan brillantes mostrábanse antes á nuestra vista, pierden parte de su hermosura aquélla, parte de su esplendor el segundo.
¿Fué tan casto el amante de Teresa como de sus cantos parece desprenderse haberlo sido? ¿Las lágrimas de dolor con que riega la sepultura de su amada fueron siempre ofrenda digna de aquella á quien las dedicaba? Por el erudito anotador del Canto del Turia sabíamos ya que Ausías había contraido dos veces matrimonio; la primera con doña Isabel Martorell, de quien enviudó antes de 1437, y la segunda con doña Juana Escorna, que murió también antes que él, aunque se ignora en qué año[41]. De ninguna de las dos logró, según parece, sucesión. ¿En qué época de su vida tuvieron, pues, lugar sus amores con Teresa, en la cual, por platónicos que los supongamos, no fuesen ofensa, si no á la santidad del matrimonio, por lo menos al exclusivo cariño que se deben mutuamente los esposos, ó en que éste no perjudicase á la sinceridad de los sentimientos que en sus versos se revela? Sin embargo, no es esto lo que más daño hace al buen nombre de Ausías como amante y como poeta, dado caso que aquellos amores, aunque llorados, al parecer, toda su vida, pudieron ser una pasión de sus juveniles años; sinó sus relaciones ilícitas con otras mujeres, y entre éstas con una antigua esclava suya (olim sclava mia, dice en su testamento), llamada Marta, de las cuales tuvo cuatro hijos bastardos, tres varones, Juan, Pedro y Felipe, y una hembra, Juana[42].
Después de las escasas noticias que hemos logrado reunir del príncipe de nuestros trovadores, nada más sabemos de él, sinó que fué señor de Benierjó, título que parece haberle sido concedido por Alfonso V; que debió tener su residencia habitual y por ventura su casa solariega en Gandía; que figuró en las Cortes de Valencia de 1446, y en suma que murió en esta ciudad, en la parroquia de Santo Tomás, en la cual poseía también dos casas, un sábado, 3 de Marzo de 1459. Hubo de ser enterrado, según ordenó en su testamento, en lo cimenteri de la Seu de Valencia en lo vas ó capella dels March, en lo claustre de la Seu prop lo capítol; «pero los restos de varón tan insigne, dice el señor Ferrer y Bigné, difícilmente podrían ser hoy encontrados para ocupar el lugar que les corresponde en un panteón de hombres célebres.» Para honra de la bella ciudad que baña el Turia sería de desear que sus hijos pusiesen el mayor empeño posible en descubrir las cenizas del gran poeta y de su padre, que deben hallarse confundidas en un mismo sepulcro, y que les levantaran un monumento en la ciudad donde exhaló aquél su último suspiro.
Como otros muchos ingenios castellanos y catalanes de su tiempo y de los siglos siguientes, Ausías supo unir en amistoso maridaje el ejercicio de las armas y de las letras, y añadir al dictado de «gran trovador,» con que le honra Santillana, el de «valeroso y estrenuo caballero» que le ha dado la posteridad. Despréndese de la lectura de sus obras que debió ser muy versado en filosóficas disciplinas y en humanas letras; que hubo de tener frecuente trato con los poetas latinos, y en especial con Ovidio y Virgilio; que le eran familiares los troveros y los trovadores provenzales y catalanes; que conocía á fondo á los poetas italianos, y entre ellos al Dante, á quien recuerda con frecuencia por la severa concisión y adusta rigidez de su frase, y al Petrarca, á quien, como veremos más adelante, imita en varios pasajes de sus cantos.
Al igual que Horacio pudo Ausías, al legar á la posteridad el volumen de sus estancias, exclamar: Exegi monumentum ære perennius. Hemos acompañado hasta su sepulcro á su autor; detengámonos al pié de ese monumento, que al igual que al erigido por el Venusino ha de vencer en duración el bronce, no tan sólo para admirarlo como poetas, sinó para estudiarlo y examinarlo como críticos, en la seguridad de que subirá de punto nuestro entusiasmo por él, como resaltará más la grandeza y hermosura del mismo cuanto más adentro en su examen y estudio penetremos.
En cuatro grupos han distribuido los editores de March, sin duda acomodando su división á la que hallaron establecida en los más antiguos códices, sus diferentes esparsas, á saber: en cantos de amor, morales, uno espiritual y otros de muerte.
Forman los primeros la parte más extensa é importante de sus obras.
No es fácil tarea juzgar las poesías del eximio vate valenciano, ya que, dominando en ellas por igual manera, y casi podríamos añadir que en idéntica medida, la pasión y la razón, el ardor arrebatado del amante y el frío análisis del filósofo, aquél dando calor, éste adelgazando y como envolviendo en nebulosidades metafísicas sus conceptos, con dificultad puede el crítico dar su fallo sobre el valor de sus versos, sin poner su propio corazón en estado de sentir lo que el autor de éstos sentía, sin preparar su inteligencia para disponerla á comprender lo que la suya pensaba. De no hacerlo así córrese grave riesgo de ver en muchos de sus pensamientos, más que las ideas de un alma que, replegada en sí misma, estudia, escudriña y analiza sus propios afectos, las exageraciones y excentricidades de una mente enferma: porque, como dice él mismo de los primores que amor le revela, son