Si bien en las ediciones de Ausías tienen el último lugar los cantos de muerte, hemos creido, alterando el orden establecido, deber ocuparnos en aquéllos después de hacerlo en los de amor, porque los consideramos como la lógica y natural continuación de los mismos; porque son como el desenlace de un drama de amores que, habiendo empezado bajo la oscura bóveda de un templo en los días en que recuerda la Iglesia las divinas tristezas de Ghetsemaní y los acerbísimos dolores del Calvario, termina en una tumba detrás de la cual el amor se transfigura en la muerte que da vida eterna, y el dolor en esperanzas del paraíso.
Después de haberla amado como no había poeta alguno amado á su dama, la flor terrestre, aquel lirio entre cardos, en cuya contemplacion estática, pero no exenta de amarguras, había nuestro trovador vivido, fué, convertida en perfumes, á exhalarse ante el trono del Bien eterno. Los dedos de Ausías no hacen más que cambiar de cuerda en su melancólica lira, y, ¡cosa extraña, si no la explicara la fe que ardía viva en su alma! los sones que de ella arranca no son tan tristes, por más que sean también muy dolorosos, como los que sacaban de la cuerda en que lloraba las penas del amor. Pronto nos dirá él mismo lo que adivinará cualquiera que sepa en qué parte del sér querido había puesto su afecto, y qué es lo que pensaba acerca de los futuros destinos de los espíritus.
El primer afecto que experimenta al recordar que
Aquelles mans que jamés perdonaren
Han ja romput lo fil tenint la vida
de la que fué su querida; al ver á su alma envuelta como en un manto de dolor, y al pensar cómo es ida para no volver aquella á quien amó cual aman los santos:
En sa dolor m' arma es envolcada...
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