En tot se meten;

Y si callau, vos acometen

Per traure noves,

Y tost temps fant contras y probes

Sobre tothom, etc.[51].

Si los poetas de que llevamos hecha mención hasta ahora se contentaron con asestar algunos alfilerazos á las mujeres,—no pocos de los cuales, sin embargo, debían penetrar muy adentro en sus carnes, tan pesada era su mano,—al llegar su turno á Roig, de quien vamos á tratar brevemente, ya no fueron pinchazos de alfiler, sinó heridas de flechas, y de flechas envenenadas, las que hubieron de sufrir en su honra y en su fama.

No sabemos de culto alguno en el cual la deidad que es objeto de él no reciba exclusivamente de sus adoradores, ó el humo de las víctimas quemadas en sus aras, ó los olores del incienso; nunca sus insultos. Únicamente á la mujer ofrecen los poetas encomiadores suyos con harta frecuencia el perfume de la alabanza con una mano y con otra el sucio vapor de la calumnia, y si la ponen un día sobre las estrellas, la arrastran otro por el barro. ¿Cuántos de sus más entusiastas adoradores pudiéramos citar que, después de haber sembrado de flores el camino de la existencia de la que había sido su dama, y de haberla tejido esplendentísima guirnalda de encomios, han escupido luégo su semblante y manchado su fama por el más leve motivo á veces, sin causa las más y acaso por seguir las corrientes de la moda?

Y sin salirnos del campo de nuestras literaturas, ¿quién podría contar las poesías, y en cada una de ellas los denuestos contra la más interesante y hermosa porción del linaje humano, que se han escrito desde que el provenzal Marcabrús, á quien su biógrafo califica de «maldicens e que dis mal de las femnas e de amor», y Serverí de Gerona y el Monje de Montaudón y otros cien trovadores lanzaron contra ellas sus violentos y libres serventesios, hasta que Pedro Serafí, el último de los poetas de la antigua escuela catalana, las puso en ridículo en su sátira contra el matrimonio; sin que podamos presentar como una honrosa excepción de la común costumbre de ofenderlas en su reputación, ni siquiera al amante de Teresa, ya que en tres ó cuatro cantos suyos, apartándose de sus usados tema y estilo, les echa en cara sus habituales infidelidades, y llega á tratar á alguna de ellas con sobrado duros y poco decentes calificativos?

Y volviendo, después de esta ligera digresión, á nuestro asunto, sálenos al paso el ya citado Jaime Roig, quien en la desnudez de la expresión deja atrás á todos sus contemporáneos en decir mal de las mujeres.