brotaban a mi paso, siempre bellas;

y cada vez mejores,

fragancias y matices y esplendores

mi no saciado afán hallaba en ellas.

Nada tenía, ni pedía al cielo;

para mí era bastante

de la verdad el generoso anhelo,

la eterna sed de la ilusión brillante.

Vuélveme la pasión nunca vencida;

la dicha humana, que profunda gime;