¡Ah! ¡Cuántos niños, con alegre encanto,
por tus robustos brazos trepar viste!
Aquí tal vez, agradecida al cielo,
la que mi dueño es hoy, niña inocente,
la enjuta mano del caduco abuelo
vino a besar con labio floreciente.
Aquí respiro, hermosa, el que te alienta
genio de orden, trabajo y armonía,
cuya materna voz, que oyes atenta,
te dicta tu deber de cada día.