Él te enseña a extender el blanco lino
sobre la mesa del frugal banquete,
y a tu mano, que rige mi destino,
da el estropajo humilde por juguete.
¡Mano querida! Cual de Dios la diestra,
eres creadora, y el que audaz contemplo
mísero hogar, de lobreguez siniestra,
trocar supiste en luminoso templo.
(Separa una cortina del lecho.)
¡Qué celestial transporte me extasía!