estaré palpando en ellos?

Aunque yazga en su regazo,

¿dejaré de ser, por eso,

el errante peregrino,

el proscrito, el monstruo fiero,

el devastador torrente,

que valla y dique rompiendo,

de roca en roca, al abismo

corre a despeñarse ciego?

¿Y ella, la cándida niña