para culparme –¡oh cielos!–, lo robaron

de mis amantes brazos, ¡y ahora dicen

que lo maté! ¡Mis dichas concluyeron!

Con malignas canciones me persiguen.

¡Infames! Así acaba vieja historia;

pero ¿es justo, gran Dios, que me la apliquen?

Fausto, echándose a sus pies

Tu amante está a tus plantas, y la puerta

de esta horrorosa cárcel viene a abrirte.

Margarita, arrodillándose también