Allí mi madre, que los años rinden,

está sentada en una piedra –¡Oh cielos!,

¡soplo glacial me acosa y me persigue!–

Sentada está mi madre en una piedra,

y mueve la cabeza, ya insensible.

Ni oye, ni ve. ¡Durmió, la pobre, tanto,

que no despierta ya! ¡Días felices

aquellos –¡ay!– en que su grave sueño

dulce fue a nuestro amor!

Fausto