¡Ah! nunca; suya fué la atroz sentencia
que, dócil al capricho de mi suerte,
me libró, sin pedirlo á la existencia,
y ella no más ordenará mi muerte.
Ella hará que este sér su afan soporte
cercana viendo la entreabierta tumba,
ni tan valiente que su vida corte,
ni tan cobarde que al dolor sucumba.
Como en la oscuridad busca el que ciega
alivio de su bárbara fortuna,