Aun me dan escalofrios
de pensar en aquel tiempo.
¡Oh! ¡Cuánto sufrí, Dios mio!
Luégo, aquel llanto tan débil
que parecia un gemido...
Si volviera á estar así...
Si se muriera... ¿Qué he dicho!
¡Hijo de mi corazon!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
No te enfades, hijo mio.