de más estrecha paz cuanto mayores.
Ella, con las mejillas cual la grana
y cortada la voz por cien suspiros,
llorosa le decia
llena de rabia insana:
—«¡No te he querido nunca, no te quiero!»—
Y él tambien, á porfía,
—«Tampoco yo te quiero»—le decia.
Y al cabo, tantas cosas se dijeron,
un odio tan eterno se juraron,