que uno y otro su paso detuvieron

y sin decirse adios, se separaron.


Tambien moria el sol al otro dia,

y ella y él, caminito de la fuente

que entre los olmos murmurar se oia,

iban pausadamente;

ella lloraba y él se sonreia.

Él, con ánsia creciente,

—«Me quieres, vida mia?»—le decia;