10. Con estas disparatadas consideraciones se enamoró tanto el extravagante Cojo de su ideada Ortographía, que resolvió seguirla, entablarla, y enseñarla. Y haviendo vacado por aquel tiempo la Escuela de Villaornate, por ascenso del Maestro actual á Fiel de Fechos de Cojezes de abajo, la pretendió, y la logró á dos paletadas; porque ya havia cobrado mucha fama en toda la tierra, con ocasion de los Litigantes que acudian á la Vicaría. Llovian niños como paja de todo el contorno á la fama de tan estupendo Maestro; y Anton Zotes y su muger resolvieron enviar allá á su Gerundico, para que no se malograsse la viveza que mostraba. El Cojo le hizo mil caricias, y desde luego comenzó á distinguirle entre todos los demas niños. Sentábale junto á sí; hacíale punteros; limpiábale los mocos; dábale avellanas y mondaduras de peras; y, quando el niño tenia gana de proveherse, el mismo Maestro le soltaba los dos quartos traseros de las bragas (porque consta de instrumentos de aquel tiempo que eran abiertas), y, arremangándole la camisita, le llevaba en esta postura hasta el corral, donde el Chicuelo hacia lo que havia menester. No era oro todo lo que relucia, el bellaco del Cojo sabia bien, que no echaba en saco roto los cariños que hacia á Gerundico, porque á los buenos de sus padres se les caía con esto la baba; y ademas de pagarle muy puntualmente el real del mes, la rosca del Sabado, que llevaba su hijo, era la primera y la mayor, y siempre acompañada con dos huevos de paba, que no parecian sino mesmamente como dos bolas de trucos.[16] Amen de esso, en tiempo de matanza eran corrientes y seguras tres morcillas, con un buen pedazo de solomo: esto sin entrar en cuenta la morcilla cagalar con dos buenas varas de longaniza, que era el colgajo del dia de San Martin, nombre que tenia el Maestro. Y quando paria Señora (assí llamaban los niños á la Maestra), era cosa sabida, que la Tia Catanla la regalaba con dos Gallinas las mas gordas que havia en todo su Gallinero, y con una libra de vizcochos, que se trahian exprofessamente de la Confitería de Villamañan. Con esto se esmeraban Maestro y Maestra en acariciar al niño, tanto, que la Maestra todos los Sabados le cortaba las uñas, y de quince en quince dias le espulgaba la cabeza, y sacaba las liendres.
CAPITULO VI.
En que se parte el Capítulo quinto, porque ya va largo.
Pues con este cuidado, que el Maestro tenia de Gerundico, con la aplicacion del niño, y con su viveza é ingenio, que realmente le tenia, aprendió fácilmente y presto todo quanto le enseñaban. Su desgracia fué, que siempre le deparó la suerte Maestros estrafalarios y estrambóticos, como el Cojo, que en todas las facultades le enseñaron mil sandeces, formándole desde niño un gusto tan particular á todo lo ridículo, impertinente, y extravagante, que jamas huvo forma de quitársele; y, aunque muchas veces encontró con sugetos hábiles, cuerdos, y maduros, que intentaron abrirle los ojos, para que distinguiesse lo bueno de lo malo (como se verá en el discurso de esta puntual historia), nunca fué possible apearle de su capricho: tanta impression havian hecho en su ánimo los primeros disparates. El Cojo los inventaba cada dia mayores; y, haviendo leído en un libro, que se intitula Maestro del Maestro de Niños, que este debe poner particular cuidado en enseñarlos la lengua propia, nativa, y materna con pureza y con propiedad, por quanto enseña la experiencia, que la incongruidad, barbarismos, y solecismos con que la hablan toda la vida muchos Nacionales, dependen de los malos modos, impropriedades, y frases desacertadas, que se les pegan quando niños; él hacia grandíssimo estudio de enseñarlos á hablar bien la lengua Castellana: pero era el caso, que él mismo no la podia hablar peor, porque, como era tan presumido y tan exótico en el modo de concebir, assí como habia inventado una extravagantíssima Ortographía, assí tambien se le havia puesto en la cabeza, que podia inventar una lengua no ménos extravagante.
2. Miéntras fué Escribiente del Notario de S. Millan, havia notado en varios processos que se decia assí: quarto testigo examinado, María Gavillan: octavo testigo examinado, Sebastiana Palomo. Esto le chocaba infinitamente; porque decia, que, si los hombres eran testigos, las mugeres se havian de llamar testigas, pues lo contrario era confundir los sexos, y parecia romance de Vizcaíno. De la misma manera no podia sufrir, que el Autor de la vida de Santa Catalina dixesse, Catalina, sugeto de nuestra historia; pareciéndole, que Catalina y sugeto eran mala concordancia, pues venia á ser lo mismo que si se dixera: Catalina, el hombre de nuestra historia, siendo cosa averiguada, que solamente los hombres se deben llamar sugetos, y las mugeres sugetas. Pues qué, quando encontraba en un libro, era una muger no comun, era un gigante? Entónces perdia los estrivos de la paciencia, y decia á sus chicos, todo en cólera y furioso: «ya no falta mas sino que nos quiten las barbas y los calzones, y se los pongan á las mugeres. Por qué no se dirá, era una muger no comuna, era una giganta?» Y por esta misma regla los enseñaba, que nunca dixessen, el alma, el arte, el agua, sino la alma, la agua, la arte, pues lo contrario era ridicularia, como dice el indigesto y docto Barbadiño.
3. Sobre todo estaba de malíssimo humor con aquellos verbos y nombres de la lengua Castellana, que comenzaban con arre, como arrepentirse, arremangarse, arreglarse, arréo, &c. jurando y perjurando, que no havia de parar hasta desterrarlos de todos los dominios de España, porque era impossible, que no los huviessen introducido en ella algunos Arrieros de los que conducian el bagage de los Godos, y de los Arabes. Decia á sus niños, que hablar de esta manera era mala crianza, porque era tratar de burros ó de machos á las personas. Y á este propósito los contaba, que, yendo un Padre Maestro de cierta Religion por Salamanca, y llevando por compañero á un Fraylecito Irlandés recien trasplantado de Irlanda, que aún no entendia bien nuestra lengua, encontraron en la calle del Rio muchos aguadores con sus burros delante, que iban diciendo, arre, arre. Preguntó el Irlandesillo al P. Maestro, qué queria decir are, pronunciando la r blandamente, como lo acostumbran los extrangeros? Respondióle el Maestro, que aquello queria decir, que anduviessen los burros adelante. A poco trecho despues encontró el Maestro á un amigo suyo, con quien se paró á parlar en medio de la calle: la conversacion iba algo larga; cansábase el Irlandés, y, no sabiendo otro modo de explicarse, cogió de la manga á su compañero, y le dixo con mucha gracia: are Padre Maestro, are: lo qual se celebró con grande risa en Salamanca. «Pues ahora, decia el Cojo hecho un veneno, que el arre vaya solo, que vaya con la comitiva y acompañamiento de otras letras, siempre es arre, y siempre es una grandíssima desvergüenza y descortesía, que á los racionales nos traten de esta manera: y assí tenga entendido todo aquel, que me arreare las orejas, que yo le he de arrear á él el cu...» y acabólo de pronunciar redondamente. A este tiempo le vino gana de hacer cierto menester á un niño, que todavía andaba en sayas: fuése delante de la mesa donde estaba el Maestro, puso las manicas, y le pidió la caca con grandíssima innocencia, pero le dixo, que no sabia arremangarse. «Pues yo te enseñaré, grandíssimo bellaco», le respondió el Cojo enfurecido: y diciendo y haciendo, le levantó las faldas, y le assentó unos buenos azotes, repitiéndole á cada uno de ellos: anda para que otra vez no vengas á arremangarnos los livianos.
4. Todas estas lecciones las tomaba de memoria admirablemente nuestro Gerundico; y, como por otra parte en poco mas de un año aprendió á leer por libro, por carta, y por processo, y aun á hacer palotes, y á escribir de á ocho, el Maestro se empeñó en cultivarle mas y mas, enseñándole lo mas recóndito que él mismo sabia, y con lo que lo havia lucido en mas de dos convites de Cofradía, assistiendo á la mesa algunos Curas, que eran tenidos por los mayores Moralistones de toda la Comarca; y uno, que tenia en la uña todo el Lárraga,[17] y era un hombre que se perdia de vista, se quedó embobado, haviéndole oído en cierta ocasion.
5. Fué pues el caso, que, como la fortuna ó la mala trampa deparaban al buen Cojo todas las cosas ridículas, y él tenia tanta habilidad para que lo fuessen en su boca las mas discretas, por no saber entenderlas, ni aprovecharse de ellas, llegó á sus manos, no se sabe como, una Comedia Castellana intitulada: el Villano Cavallero, que es copia mal sacada y peor zurcida, de otra que escribió en Francés el incomparable Moliere, casi con el mismo título. En ella se hace una graciosíssima burla de aquellos Maestros pedantes, que pierden el tiempo en enseñar á los niños cosas impertinentes y ridículas, que tanto importa ignorarlas como saberlas; y para esto se introduce al Maestro ó al Preceptor del repentino Cavallero, que con grande aparato, y ostentacion de voces, le enseña como se pronuncian las letras vocales, y las consonantes. El Cojo de mis pecados tomó de memoria todo aquel chistosíssimo passage; y como era tan cojo de entendederas, como de piés, entendióle con la mayor seriedad del mundo, y la que en realidad no es mas que una delicadíssima sátyra, se le representó como una leccion tan importante, que sin ella no podia haver Maestro de niños, que en Dios y en conciencia mereciesse serlo.
6. Un dia pues, haviendo corregido las planas mas aprisa de lo acostumbrado, llamó á Gerundico; hízole poner en pié delante de la mesa, tocó la campanilla á silencio, intimó atencion á todos los muchachos, y, dirigiendo la palabra al niño Gerundio, le preguntó con mucha gravedad: «Díme hijo, quantas son las letras?» Respondió el niño prontamente: «Señor Maestro, yo no lo sé, porque no las he contado.» — «Pues has de saber, continuó el Cojo, que son veinte y quatro, y si no cuéntalas.» Contólas el niño, y dixo con intrepidez: «Señor Maestro, en mi cartilla salen veinte y cinco.» — «Eres un tonto, le replicó el Maestro, porque las dos A a primeras no son mas que una letra, con forma ó con figura diferente.» Conoció que se havia cortado el chico, y para alentarle añadió: «no extraño que, siendo tú un niño, y no haviendo mas que un año que andas á la Escuela, no supiesses el número de las letras, porque hombres conozco yo, que están llenos de canas, se llaman doctíssimos, y se ven en grandes puestos, y no saben quantas son las letras del abecedario; pero assí anda el mundo!» Y al decir eso, arrancó un profundíssimo suspiro. «La culpa de esta fatal ignorancia la tienen las Repúblicas y los Magistrados, que admiten para Maestros de Escuela á unos idiotas, que no valian ni aun para monacillos; pero esto no es para vosotros, ni para aquí: tiempo vendrá en que sabrá el Rey lo que passa. Vamos adelante.»