CAPITULO VIII.
Sale Gerundio de la escuela del Dómine, hecho un Latino horroroso.
Despues de haverse echado el Preceptor á sí mismo tan terrible maldicion, que, si por nuestros pecados le huviera comprehendido, quedaria la Latinidad Preceptoril defraudada de uno de sus mas ridículos ornamentos, passaba á instruir á sus discípulos de las buenas partes, de que se compone un Libro latino. «Despues del título del Libro, los decia, se siguen los títulos ó los dictados del Autor; y assí como la estruendosa, magnífica, é intrincada retumbancia del título excita naturalmente la curiosidad de los Lectores; assí los dictados, títulos, y empléos del Autor dan desde luego á conocer á todo el mundo el mérito de la Obra. Porque claro está, que viendo un Libro compuesto por un Maestro de Theología, un Cathedrático de Prima, y mas si es del Gremio y Claustro de alguna Universidad, por un Abad, por un Prior, por un Definidor: pues qué si se le añade un Ex á muchos de sus dictados, como Ex-Definidor, Ex-Provincial, &c. y se le junta que es Theólogo de la Nunciatura, de la Junta de la Concepcion, Consultor de la Suprema, Predicador de su Magestad de los del Número: sobre todo, si en los títulos se leen media docena de Protos, con algunos pocos de Archis, como Proto-Médico, Proto-Philo-Mathemático, Proto-Chýmico, Archi-Historiógrapho? De contado es una grandíssima recomendacion de la Obra, y qualquiera, que tenga el entendimiento bien puesto, y el juicio en su lugar, no ha menester mas para creer, que un Autor tan condecorado no puede producir cosa, que no sea exquisitíssima; y entra á leer el Libro ya con un conceptazo de la sabiduría del Autor, que le aturrulla. Bien hayan nuestros Españoles, y tambien los Alemanes, que en esso dan buen exemplo á la República de las Letras; pues, aunque no impriman mas que un Folleto, sea en latin, sea en romance, un Sermoncete, una Oracioncilla, y tal vez una mera Consulta Moral, ponen en el fróntis todo lo que son, y todo lo que fueron, y aun todo lo que pudieron ser, para que el Lector no se equivoque, y sepa quien es el sugeto que le habla; que no es ménos que un Lector Jubilado, un Secretario General, un Visitador, un Provincial, y uno que estuvo consultado para Obispo. Assí debe ser; pues sobre lo que esto cede en recomendacion de la Obra, se adelanta una ventaja, que pocos han reflexionado dignamente. Hoy se usan en todas partes Bibliothecas de los Escritores de todas las Naciones, en que á lo ménos es menester expressar la patria, la edad, los empléos, y las obras que dió á luz cada Escritor, de quien se trata. Pues con esta moda de poner el Escritor todos sus dictados, y mas, si tienen cuidado de declarar la patria donde nacieron, como loablemente lo practican muchos, por no defraudarla de essa gloria, diciendo: N. N. Generosus Valentinus, Nobilis Cesaraugustanus, clarissimus Cordubensis, & reliqua, ahorran al pobre Bibliothechista mucho trabajo, pesquisas y dinero; porque, en abriendo qualquiera Obra del Escritor, halla su vida escrita por él mismo, ante todas cosas.»
2. «Y aun por esso, no solo no condeno, sino que alabo muchíssimo á ciertos Escritores modernos, que, si se ofrece buena ocasion, se dexan caer en alguna obrilla suya la noticia de las demas Obras, que ántes dieron á luz, ya para que allí las encuentre juntas el curioso, y ya para que algun malsin no les prohije partos, que no son suyos, pues por la diversidad del estilo se puede sacar concluyentemente la suposicion del hijo espurio. Por este importantíssimo motivo se vió precisado á dar individual noticia de todas, ó casi todas las producciones, con que hasta allí havia enriquecido á la República Literaria cierto Escritor Neotérico, culto, terso, aliñado y exactíssimo Ortográphico hasta la prolixidad, y hasta el escrúpulo. Un Autor Columbino y Serpentino, que todo lo juntaba, pues decia el Pericon mismo, que se llamaba Fr. Columbo Serpiente, dió á luz un papelon, que se intitulaba: Derrota de los Alanos, contra el doctíssimo, el eloquentíssimo, y el modestíssimo M. Soto-Marne; pues no porque el Rey y el Consejo sean de parecer contrario, y le huviessen negado la licencia de escribir ó de imprimir contra esse pobre hombre del Maestro Feyjoó, nos quitan á los demas la libertad de juzgar lo que nos pareciere. Sospechóse y díxose en cierta Comunidad que el Autor del tal derrotado ó derrotador papel era Fulano. Ya se ve, qué injuria mas atroz, que esta sospecha! ni qué agravio mas público, que el discurso de quatro amigos en la Celda de un Convento! Monta en cólera el irritadíssimo Doctor: enristra la pluma, y escribe una Carta dirigida á cierto hermano suyo, que era casi-Lector en aquella Comunidad: dala á la estampa, y espárcela por España, para que venga á noticia de todos su agravio, y su satisfaccion, que sin duda era grandíssima. Y despues de haver tratado á la tal Derrota como merecia, llamándola derrota de la conciencia y la urbanidad, derrota de la lengua Castellana, derrota de la erudicion, derrota d’el gracejo, derrota d’el méthodo, derrota de la Ortographía, y derrota al fin de todas las derrotas, que toman las nobles plumas en el mar de la Crítica y de las Letras, añade: Nada hai en ella, que pueda llamarse cosa mia. Ni locucion, ni phrase, ni contextura, ni transiciones, ni el modo de traher las noticias, ni la falta de aliño, ni la impropiedad de las voces, ni la grosería d’el dicterio, ni lo ramplon de unos apodos, i la improporcion de otros: i para decirlo de una vez, ni aquella falta de aire subtilíssimo, que dá en los escritos á conocer sus Auctores, i no lo perciben mas que los entendimientos bien abiertos de poros. Que es lo mismo que decir: Hermano, si tus Frayles no fueran tan cerrados de poros, ó no tuvieron el entendimiento constipado, á mil leguas olerian, que no era, ni podia ser obra mia essa derrota; porque en todas mis Obras la locucion es tersa, la phrase culta, la contextura natural, las transiciones ni de encaje, el modo de traher las noticias, ni aunque vinieran en silla de manos; las voces propiíssimas, los dicterios delicados, los apodos no ramplones, sino con mas de quatro dedos de tacon. Aunque no fuera mas que por la Ortographía, qualquiera, que no estuviesse arromadizado, podria oler, que, si fuera cosa mia la Derrota, no permitiria, que se imprimiesse como se imprimió, aunque supiera quedarme sin borla. Permitir yo, que se escribiesse la conjuncion con la y Griega, y no con i Latina! Tolerar que en mis Obras se estampasse de el Padre, de la agua, de ayer acá, y no con el apóstrophe, que las dá tanta sal y tanto chiste, escribiendo d’ayer acá, de l’agua, d’el Padre! Vaya, que es falta de criterio, y no tener olfato para percibir aquel ayre subtilíssimo, que dá en los escritos á conocer sus Auctores: y el que no conociere, que mis escritos están llenos de este ayre, no vale para podenco; declárole por mastin.»
3. «Prueba perentoria de quanto digo sean mis producciones. Ahora entra lo que ántes os decia (continuaba el Dómine, hablando con sus discípulos) del cuidado que tienen los Escritores de mejor nota, no solo de authorizar sus Obras con todos sus dictados, sino de dexarse caer en alguna de ellas la importante noticia de todas las que las han precedido. Y no hablando de las Latinas, que á la sazon quando se escribió dicha Carta, se sabe que serian como media docena de Arengas, y otra tanta porcion de Dedicatorias: De las Hespañolas en prosa i verso (prosigue nuestro Autor), unas guardan clausura en el retiro de mi Celda.... otras andan como vergonzantes, embozadas siempre con los retazos de un acertijo, cuyo ribete es un anagramma: otras, en fin, llevan todo el tren de mis nombres i apellidos, campanillas i cascabeles. Y haveis de saber, hijos (interrumpia aquí el socarron del Dómine), que en esto de cascabeles son muchos los que los tienen. D’este calibre son (esto es, del calibre de los cascabeles) la aprobacion, que dí á un Sermon del P. M.... la que hice al Sermon de... la que está en el libro de las siestas de... una Oracion que pronuncié en el Capítulo de mi Orden, otra que dixe en las Exequias de... el libro de las siestas de... Y qué sé yo qué mas! Veis aquí una noticia curiosa, individual, y menuda de unas obras de grandíssima importancia, que qualquiera Autor que mañana quiera proseguir la Bibliotheca Hispana de Don Nicolas Antonio, las encuentra á mano en esta Carta, y por lo ménos hasta el año de 1750 sabe puntualmente todas las obras, que dió á luz nuestro gravíssimo Escritor, con sus nombres, apellidos, campanillas, y cascabeles.»
4. «Yo bien sé, que algunos Críticos modernos hacen gran burla de esta moda, tratándola de charlatanería y de titulomanía, con otras voces dissonantes, y piarum aurium ofensivas, pretendiendo, que es una vana ostentacion, y muy impertinente para dar recomendacion á la obra, pues dicen, que esta no se hace recomendable por los dictados del Autor, sino por lo bien ó mal dictada, que esté ella. Trahen-nos el exemplar de los Franceses y de los Italianos, que por lo comun nunca ponen mas que el nombre, el apellido, y á lo mas la profession del Autor, aun en las obras mas célebres y de mas largo aliento (gústame mucho esta phrase), como: Historia Romana por Monsieur Rollin. Mabillon, Benedictino, de la Congregacion de S. Mauro, de Re diplomatica. Historia Ecclesiástica, por el Abad Fleuri. Specimen Orientalis Ecclesiæ, Autore Joanne Bapt. Salerno, Societ. Jesu. Y aún nos quieren tambien decir, que los títulos, assí magníficos como ridículos, que han tomado algunas Academias, especialmente de Italia, no son mas que una graciosa sátyra, con que se ríen de los títulos, con que salen á la luz pública algunos Autores phantasmas: y que por esso unas Academias se llaman de los Seráphicos, de los Elevados, de los Inflamados, de los Olýmpicos, de los Parthénicos, de los Entronizados; y otras por el contrario, de los Obscuros, de los Infecundos, de los Obstinados, de los Ofuscados, de los Ociosos, de los Somnolientos, de los Inhábiles, de los Phantásticos. Pero, digan lo que quisieren estos desenterradores de las costumbres, usos, y ritos mas loables, y estos grandíssimos bufones y burladores de las cosas mas sérias, mas establecidas, y mas generalmente recibidas de hombres graves, doctos, y pios, yo siempre me tiraré á un libro, cuyo Autor salga con la comitiva de una docena de dictados, que acrediten bien sus estudios y su literatura, ántes que á otro, cuyo Autor parece, que sale al theatro en carnes vivas, y que no tiene siquiera un trapo, con que cubrir su desnudez. Esto parece que es escribir en el estado de la innocencia, y ya no estamos en esse estado. Obras de Fr. Luis de Granada, del Orden de Predicadores. Miren qué insulsez! Y qué sabemos quien fué esse Fr. Luis? Obras del P. Luis de la Puente, de la Compañía de Jesus. Otro que tal! Y por donde nos consta, que este Padre no fué por ahí algun Grangero ó Procurador de alguna Cabaña?»
5. «Y ya que viene á cuento, y hablamos de esta Religion, es cierto que en todo lo demas la venero mucho; pero en esto de los títulos de los libros y de los Autores, no dexa de enfadarme un poco: aquellos, por lo comun, son llanos y sencillos; y estos, por lo regular, salen á la calle poco ménos que en cueros: su nombre, su apellido, su profession, y tal qual su patria, por no confundirse con otros del mismo nombre y apellido, y santas pascuas. No parece sino que los Autores mas graves, los de primera magnitud, hacen estudio particular de intitular sus libros como si fueran por ahí la vida del Lazarillo de Tormes, y de presentarse ellos, como pudiera un pobre Lego pelon. De Religione: Tomus primus, Autore Francisco Suarez Granatensi, Societatis Jesu. De Concordia Gratiæ & liberi arbitrii: Autore Ludovico de Molina, Soc. Jesu. De Controversiis Tom. I, Autore Roberto Bellarmino, Soc. Jesu. Y, si alguno de estos añade Presbýtero, ya le parece, que no hay mas que decir. No alabo esta moda, ó acaso esta manía; y, por mas que me quieran decir, que es modestia, juicio, cordura, religiosidad, y aun en cierta manera mayor autoridad y gravedad, no me lo persuadirán quantos aran y caban, que parece son los Oradores mas persuasivos, que se han descubierto hasta ahora. Y sino díganme: dexan de ser modestos, cuerdos, religiosos, y graves aquellos Autores Jesuítas (no son muchos), que ponen á sus obras títulos magníficos y sonorosos, como Theopompus, Ars magna lucis & umbræ. Pharus scientiarum, etc. Y los otros que no dexan de decir si son ó fueron Maestros de Theología, y en donde, Doctores, Cathedráticos, Rectores? Díganme mas: no vemos que hasta los Reyes ponen todos sus títulos, dictados, y Señoríos en sus Reales Provisiones, para darlas mayor autoridad; y que lo mismo hacen los Arzobispos, Obispos, Provisores, y quantos tienen algo que poner, aunque sean títulos in partibus, ó del Kalendario, que dan señoría simple, sin carga de residencia? Solo el Papa se contenta con decir Benedictus XIV, Servus Servorum Dei, y acabóse la comission; pero essa es humildad de la Cabeza de la Iglesia, que no hace consequencia para los demas, y no debe traherse á colacion.» Estas últimas razones, aunque tan ridículas, hacian grandíssima fuerza á nuestro insigne Preceptor; y procuraba imprimírselas bien en la memoria á sus muchachos, para que supiessen, qué libros havian de escoger y de estimar.
6. De los títulos, assí de las obras como de los Autores, passaba á las Dedicatorias. En primer lugar ponderaba mucho la utilíssima y urbaníssima invencion del primero, que introduxo en el Orbe Literario este género de obsequios; pues, sobre que tal vez un pobre Autor, que no tiene otras rentas que su pluma, gana de comer honradamente por un medio tan lícito y honesto, logra con esto la ocasion de alabar á quatro amigos, y de cortejar á media docena de poderosos; los quales, si no fueren en la realidad lo que se dice en las Dedicatorias que son, á lo ménos sabrán lo que debieran de ser. En segundo lugar se irritaba furiosamente contra el Autor de las Observaciones Halenses, y contra algunos otros pocos de su mismo estambre, que con poco temor de Dios, y sin miramiento por su alma, dicen con grande satisfaccion, que esto de dedicar libros es especie de petardear, ó á lo ménos de mendigar: «Dedicatio librorum est species mendicandi; y aún no sé quien de ellos se adelanta á proferir, que el primer inventor de las dedicatorias fué un Frayle mendicante. Blasfemia! malignidad! ignorancia supiníssima! Pues no sabemos, que Ciceron dedicaba sus obras á sus parientes y á sus amigos? Y Ciceron fué Frayle mendicante? No sabemos que Virgilio dedicó, ó á lo ménos pensó dedicar su Eneida á Augusto? Y fué Frayle mendicante Publio Virgilio Maron? Finalmente no saben hasta los Autores Malabares, que Horacio dedicó á Mecénas todo quanto escribió, y que de ahí vino el llamarse Mecénas qualquiera á quien se dedica una obra, aunque por su alcurnia y por el nombre de pila se llame Pedro Fernandez? Y no me dirán, de qué Religion fué Frayle mendicante el Reverendíssimo P. Maestro Fray Quinto Horacio Flacco? Assí que, hijos mios, este uso de las Dedicatorias es antiquíssimo y muy loable, y no solo le han usado los Autores pordioseros y mendicantes, como dicen estos bufones, sino los Papas, los Emperadores, y los Reyes; pues vemos que S. Gregorio el grande dedicó el libro de sus Morales á S. Leandro, Arzobispo de Sevilla: Carlo Magno compuso un tratado contra cierto Conciliábulo, que se celebró en Grecia para desterrar las Santas Imágenes, y le dedicó á su Secretario Enginardo, y Henrique VIII, Rey de Inglaterra, dedicó al Papa, y á la Iglesia Cathólica, de quien despues se separó, el libro, que escribió en defensa de la Fé contra Luthero.»
7. — «Y, señor Dómine, le preguntó uno de los Estudiantes, como se hacen las Dedicatorias?» — «Con la mayor facilidad del mundo, respondió el Preceptor, diga lo que dixere cierto semi-autorcillo moderno, que se anda traduciendo libretes Franceses y quiere parecer persona, solo porque hace con el Francés lo que qualquiera Medianistilla con el Latin; siendo assí, que hasta ahora no hemos visto de su pegujal mas que una miserable Aclamacion del Reyno de Navarra en la Coronacion de nuestro Rey Fernando el VI (á quien Dios immortalice): por señas que la sacudió bravamente el polvo un papel, que salió luego contra ella, intitulado: Colirio para los cortos de vista; el qual, aunque muchíssimos dixeron, que no tocaba á la obrilla en el pelo de la ropa, y que en suma se reducia á reimprimirla en pedazos, añadiendo á cada trozo una buena rociada de desvergüenzas á metralla contra el Autor, y contra los que este alababa; y, aunque tambien es verdad, que immediatamente le prohibió la Inquisicion, pero en fin el tal papel ponia de vuelta y media y mas negro que su sotana al susodicho Autorcillo. Este, pues, en cierta Dedicatoria que acaba de hacer á un gran Ministro, nos quiere persuadir, solo porque á él se le antoja, que no hay en todo el País de la Eloquencia Provincia mas ardua, que la de una Dedicatoria bien hecha.»
8. «Yo digo que no la hay mas fácil, como se quiera tomar el verdadero gusto y el verdadero ayre de las Dedicatorias. Porque lo primero se busca media docena de substantivos y adjetivos sonoros y metaphóricos (y si fuere una docena, tanto mejor), los quales se han de poner en el fróntis del Libro, de las Conclusiones, ó de la Estampa de Papel (porque hasta estas se dedican), ántes del nombre y apellido del Mecénas, que sean apropriados, y vengan como de molde á su carácter y empléos. Por exemplo, si la Dedicatoria es latina y se dirige á un Señor Obispo, el sobre-escrito, la direccion, ó el epígraphe ha de ser á este modo: Sapientiæ Oceano, Virtutum omnium Abisso, Charismatum Encyclopædiæ, Prudentiæ Miraculo, Charitatis Portento, Miserationum Thaumaturgo, Spiranti Poliantheæ, Bibliothecæ Deambulanti, Ecclesiæ Tytani, Infularum mytræ, Hesperiæque totius fulgentissimo Phosphoro: Illmo. Dño. Domino meo D. Fulano de tal. Si la obra se dedica á una Santa Imágen, como se dixéramos á N. Señora de la Soledad, ó de los Dolores, hay mil cosas buenas de que echar mano; como Mari Amaro, Soli Bis-Soli, Orbis Orbatæ Parenti, Ancillæ Liberrimæ absque Libero, Theotoco sine filio, Confictæ non ficte Puerperæ, inquam, diris mucronibus confossæ sub Iconico Archetypo de tal y tal. Pero, si la Dedicatoria fuere de algun Libro Romancista, y se dirigiere á un Militar, aunque no sea mas que Capitan de Cavallos, entónces se ha de ir por otro rumbo, y ante todas cosas se ha de decir: Al Xerxes Español, al Alexandro Andaluz, al Cesar Béthico, al Cyro del Genil, al Tamborlan Europeo, al Kauli-Kan Cis-Montano, al Marte no-fabuloso, á D. Fulano de tal, Capitan de Cavallos Ligeros del Regimiento de tal. Y no encajar el nombre y el apellido del Mecénas de topeton, como lo estilan ahora los ridículos modernos, diciendo á secas: á D. Fulano de tal, á mi Señora Doña Citana de tal, á la Excma. Señora Duquesa de qual; que no parece sino sobre-escrito de Carta, que ha de ir por el correo.»