9. «Dedicatoria he visto yo muy ponderada por algunos ignorantes y boqui-rubios, dirigida al mismo Rey de España, la qual solo decia en el fróntis, AL REY, con letras gordas iniciales, sin mas principios, ni postes, caireles, ni campanillas. No puedo ponderar quanto me estomacó, moviéndome una nausea, que aun ahora mismo me está causando arcadas y bascas. AL REY! Pero á qué Rey, majadero? Pues no sabemos si es á alguno de los Reyes magos, al Rey Perico, ó al Rey que rabió. AL REY! Puede haver mayor llaneza? Como si dixéramos, á Juan Fernandez, ó á Perico el de los Palotes. AL REY! Díme, insolente, desvergonzado, y atrevido, es al Rey de bastos, ó al de copas? Nos quieren embocar los críticos y los cultos, que este es mayor respeto, mayor veneracion, y tambien mas profundo rendimiento, como que ningun Español puede ni debe entender por el nombre anthonomástico de Rey, á otro que al Rey de España, y como que lo mismo debieran entender todas las demas Naciones, puesto que no hay Rey en el mundo descubierto, que tenga tan dilatados dominios como nuestro Cathólico Monarcha, ni con algunos millares de leguas de diferencia. Vagatelas, y mas vagatelas! Por lo mismo era muy puesto en razon, que ántes de llegar á su Augusto nombre, se le diera á conocer, por lo ménos, con unos cinquenta dictados, ó inscripciones alegóricas, que fuessen poco á poco conciliando la expectacion y el assombro, los quales pudieran ser, como si dixéramos de esta manera: Al poderoso Emperador de dos mundos; al émulo del Sol, Phebo sublunar en lo que domina, como el celeste en lo que alumbra: al Archi-Monarcha de la tierra; y despues, para dar á entender sus Reales virtudes personales, añadir: Al depósito Real de la Clemencia; al coronado Archivo de la Justicia; al Sacro Augusto thesoro de la Piedad; al Escudo Imperial de la Religion; al Pacífico, al Benéfico, al Magnético, al Magnífico, al Cathólico Rey de las Españas FERNANDO el Sexto, Pio, Feliz, siempre Augusto, Rey de Castilla, de Leon, de Navarra, de Aragon, etc. y ir prosiguiendo assí hasta el último de sus Reales dictados. Lo demas es tratar al Rey como se pudiera á un hidalgo de polayna, y sacarle tan solo al theatro del papel, como si fuera uno de aquellos Reyes antiguos, que se andaban por essos campos de Dios, pastoreando ovejas, y ellos mismos llevaban los bueyes á beber en su propia Real persona.»
10. «Despues tampoco me gusta que se comience á hablar con el Rey, espetándole un Señor tan tiesso como un garrote, que ya no falta mas sino que añadan un Señor mio, como si fuera carta de oficio de algun Ministro superior á otro subalterno. Nuestros antepassados eran hombres mas respetuosos, y verdaderamente circunspectíssimos, pues nunca hablaban con el Rey, sin que comenzassen de esta manera: Sacra, Cathólica, Real Magestad, cosa que llenaba la boca de veneracion, y de contado se tenia ya hecho un pié magestuoso para un romance heroico, al modo de las coplas de Juan de Mena. He oído decir, que esta moda de tratar al Rey, llamándole Señor á secas, nos le han pegado tambien los Franceses, como otras mil y quinientas cosas mas, por quanto ellos, quando hablan con su Rey Christianíssimo, le encajan un Sire, in puris naturalibus; y vamos adelante. Válgate Dios por Franceses, y qué contagiosos que sois! Con que si á ellos se les antojara llamar Sirena á la Reyna, tambien nosotros se lo llamaríamos corrientemente á la nuestra? Y cierto que quedaria su Magestad muy lisongeada! Ellos tratan de Madama á la suya; y en verdad, que si á algun Español se le antojara tratar assí á la Reyna nuestra Señora, no le arrendaria yo la ganancia; salvo que fuesse por ahí algun Lego, ó algun Donado, de estos que son Santos y simples adredemente, que essos tienen licencia para tutear al mismo Papa, pues ahí está toda la gracia de su santidad. Por tanto, hijos mios, lo dicho dicho, y tomad bien de memoria estas importantíssimas lecciones.»
11. «Nunca imprimais cosa alguna, aunque sean unos tristes Quodlibetos, sin vuestra Dedicatoria al canto, que en esso no vais á perder nada, y de contado mal será, que no ahorreis por lo ménos el coste de la impression; pues no todos los Mecénas han de ser como aquel conchudo Papa (Dios me lo perdone) Leon X, á quien un famoso Alchimista dedicó un importantíssimo Libro, en que, como él mismo asseguraba, se contenian los mas recónditos arcanos de la Crysopeya, esto es, un modo facilíssimo de convertir en oro todo el hierro y todos los metales del mundo; y el bueno del Pontífice (perdónemelo Dios) por todo agradecimiento le regaló con un carro de talegos, para que recogiesse en ellos el oro que pensaba hacer: cosa, de que se rieron mucho los mal intencionados; pero los eruditos y verdaderamente literatos la tuvieron por mezquindad, y la lloraron con lágrymas de indignacion. Resuelta vuestra Dedicatoria, atacadla bien de epígraphes alegóricos, symbólicos y altisonantes; y si fuere á alguna persona Real, cuidado con tratarla como es razon, y que no salga en público sin su Compañía de Guardias de Corps, y sin su Guardia de Alabarderos, esto es, de epíthetos bien galoneados y bien montados, precedidos de epígraphes á mostachos, que vayan abriendo calle.»
12. «Y, aunque ya va un poco larga la leccion, por concluir en ella todo lo que toca á lo substancial de las Dedicatorias, quiero instruíros en otros dos puntos, que son de la mayor importancia. Autores Latinos hay tan Romancistas, que, quando llegan á poner los verdaderos títulos, que tienen los sugetos, á quienes dedican sus Obras, como Duque de tal, Conde de tal, Marques de tal, Señor de tal, Consejero de tal, &c. los ponen en un Latin tan llano, tan natural, y tan ramplon, que le entenderá una Demandadera, aunque no sepa leer ni escribir, solo con oírle, pues dicen muy á la pata llana: Duci de Medina-Celi; Comiti de Altamira; Marchioni de Astorga, Domino de los Cameros, Consiliario Regio, etc. Cosa ridícula! Para esso mas valiera decirlo como pudiera un Maragato. Quanto mas culto y mas Latino será decir: Cælico-Metimnensi; Doctori-Satrapæ; A Comitiis de Cacuminato-conspectu; Mœnium Asturicensum a Markis; Lecti-Fabrorum Dynastæ, a Penetralibus Regiis; y si no lo entendieren los Lectores, que aprendan otro oficio, porque essa no es culpa del Autor, el qual, quando se pone á escribir en Latin, no ha de gastar un Latin, que le entienda qualquiera Reminimista.»[20]
13. «Otra cosa es, quando los títulos no son verdaderos y reales, sino puramente symbólicos ó alegóricos, inventados por el ingenio del Autor; que entónces, para que se penetre bien toda la gracia y toda la oportunidad de la invencion, conviene mucho ponerlos llana y sencillamente. Explicaréme con un exemplo. El año de 1704, cierto Autor Aleman publicó una Obra Latina, intitulada: Geographia Sacra seu Ecclesiastica; Geografía Sagrada ó Eclesiástica. Dedicóla á los tres únicos Soberanos Príncipes hereditarios en el Cielo y en la Tierra: Tribus summis atque unicis Principibus hæreditariis in Cælo et in terra; esto es, á Jesu-Christo, á Frederico-Augusto, Príncipe Electoral de Saxonia, y á Mauricio Guillermo, Príncipe hereditario de las Provincias de Saxe-Ceitz: Christo, nempe, Frederico Augusto, Principi Electorali Saxoniæ, & Mauritio Wilhelmo, Provinciarum Saxo-Cizensum hæredi. Cosa grande! pero aún todavía la haveis de oír mucho mayor. Y qué títulos inventaria nuestro incomparable Autor para explicar los Estados, de que era Príncipe hereditario Jesu-Christo? Atencion, hijos mios, que acaso no leeréis en toda vuestra vida cosa mas divina; y lo que es yo, si fuera el inventor de ella, no me trocaria por Aristóteles ni por Platon.»
14. «Llama, pues, á Jesu-Christo en Latin claro y sencillo, como era razon que le usasse en esta importante ocasion, Imperator coronatus cælestium Exercituum; electus Rex Sionis, semper Augustus; Christianæ Ecclesiæ Pontifex Maximus, et Archi-Episcopus Animarum; Elector Veritatis, Archi-Dux Gloriæ; Dux Vitæ; Princeps Pacis; Eques Portæ inferni; Triumphator Mortis; Dominus hæreditarius Gentium; Dominus Justitiæ, et Patris Cœlestis a Sanctioribus Consiliis, etc. etc. etc. Quiere decir, porque es importantíssimo, que ninguno se quede sin entenderlo: es Christo coronado Emperador de los Exércitos celestiales; electo Rey de Sion, siempre Augusto; Pontífice máximo de la Iglesia Christiana, Arzobispo de las Almas; Elector de la Verdad; Archi-Duque de la Gloria; Duque de la vida; Príncipe de la Paz, Cavallero de la Puerta del Infierno; Triunfador de la Muerte; Señor hereditario de las Gentes; Señor de la Justicia, y del Consejo de Estado, y Gavinete del Rey su Padre celestial. Y añadió el Autor muy oportunamente tres & & &c.as, para dar á entender, que todavía le quedaban entre los deditos otros muchos títulos y dictados, y que de aquí á mañana los estaria escribiendo, si no bastaran los dichos, para que se conociesse los que podia añadir. Muchachos, encomendad esto á la memoria; aprendedlo bien; tenedlo siempre en la uña, que se os ofrecerán mil ocasiones, en que os pueda servir de modelo, para acreditaros vosotros, y para acreditarme á mí.»
15. «Falta decir dos palabritas sobre el cuerpo y el alma de las Dedicatorias. Supónese, que el Latin siempre ha de ser de boato, altísono, enrebesado, é inconstruible, ni mas ni ménos, como el Latin de una insigne Dedicatoria, que años ha me dió á construir el padre de Gerundio de Campazas, alias Zotes, y en verdad, que se la construí sin errar un punto, á presencia de todo el Arciprestazgo de San Millan, en la Romería del Christo de Villaquexida. Supónese tambien, que á qualquiera, á quien se le dedica una Obra, sea quien fuere, se le ha de entroncar por aquí ó por allí con el Rey Bamba, ó á lo ménos ménos con Don Veremundo el Diácono, sea por linea recta ó por linea transversal, que esso hace poco al caso, y es negocio de cortíssimo trabajo; pues ahí está Jacobo Guillermo Imhoff, Dinamarqués ó Sueco (que ahora no me acuerdo), famoso Genealogista de las Casas ilustres de España y de Italia, que á qualquiera le emparentará con quien le venga mas á cuento. Sobre este supuesto, ya se sabe, que la entrada de toda Dedicatoria ha de ser siempre exponiendo la causa impulsiva, que dexó sin libertad al Autor para emprehender aquella ossadía, la qual causa nunca jamas ha de ser otra, que la de buscar un poderoso Protector contra la emulacion, un escudo contra la malignidad, una sombra contra los abrasados ardores de la envidia, assegurando á rostro firme, que con tal Mecénas no teme ni á los Aristarchos, ni á los Zoylos; pues, ó acobardados no ossarán sacar las cabezas de sus madrigueras y escondrijos, ó, si tuvieren atrevimiento para hacerlo, serán ícaros de su temeridad, derretidas sus alas de cera á los encendidos centelleantes rayos de tan fogoso resplandeciente Padrino. Porque, si bien es verdad, que, aunque un Libro se dedique al Santíssimo Sacramento, si él es malo, hay hombres tan insolentes y tan mordaces, que, adorando al divino Objeto de la Dedicatoria, hacen añicos al Libro, y tal vez á la misma Dedicatoria no la dexan huesso sano; y mas de dos Libros de á folio he visto yo recogidos por la Inquisicion, con estar dedicados á Reyes, á Emperadores, y aun al mismo Papa, sin que los Mecénas hagan duelo de esso, ni se les dé un ardite, no hallándose noticia en la Historia de que jamas haya havido guerras entre los Príncipes Christianos por la defensa de un Libro, que se les haya dedicado; siendo assí, que muchas veces las ha havido por quítame allá essas pajas. Digo, que, aunque todo esto sea assí (por justos juicios de Dios, y por los pecados del mundo), en todo caso siempre debemos atenernos á aquel refran, que dice: Quien á buen árbol se arrima, buena sombra le acobija; y de una manera ó de otra, es indispensable de toda indispensabilidad, que toda Dedicatoria bien hecha se abra por este tan oportuno, como delicado y verdadero pensamiento.»
CAPITULO IX.
En que se da razon del justo motivo, que tuvo nuestro Gerundio para no salir todavía de la Gramática, como lo prometió el Capítulo passado.