11. Aplaudió mucho el Dómine lo bien que Gerundio havia entendido el cuento del Predicador, y la gracia con que le havia recitado, conociendo, que sin duda havia de tener mucho talento para predicar: los condiscípulos tambien le vitorearon, y rieron mucho el cuento. Pero el Preceptor, volviendo á tomar la palabra, hizo algunas reflexiones sérias y juiciosas, acabando con otras, que no podian ser mas ridículas. «Por lo que toca al latin, dixo á sus discípulos, es muy chavacano, y aun los mismos, que gustan de latin claro y corriente, no le aprobarán, porque esse no tanto es claro y natural, quanto apatanado y soez (en lo qual tenia muchíssima razon). Pero haveis de notar una cosa, y es la poca razon, que tienen algunos señores Franceses para hacer mucha burla del latin de los Españoles, tratándonos de bárbaros en punto de Latinidad, y diciendo, que siempre hemos hablado esta lengua, como pudieran hablarla los Godos, y los Vándalos. Esto, porque huvo tal qual Autor nuestro, que realmente escribió en un latin charro y guedejudo, ó como latin de Boticario y Sacristan. Ea Monsiures, démonos todos por buenos, que si acá tuvimos nuestros Garcías, nuestros Cruces, y nuestros Pedros Fernandez, tambien ustedes tuvieron sus Raulines, sus Maillardos, sus Barletas, sus Menotos; y en verdad, que su Autor de ustedes, el célebre Monsieur du Cange, en el vocabulario, que compuso de la Baja Latinidad, la mayor parte de los exemplos que trahe, no los fué á buscar fuera de casa. Y de camino adviertan ustedes, que, quando allá en su Paris se usaba un latin tan elegante, como el del Doctor Juan Raulin, acá teniamos, dentro de aquel mismo Siglo, á los Montanos, á los Brocenses, á los Pereyras, á los Leones, y á otros muchos, que pudieran escupir en corro, y hablar barba á barba con los Tulios y con los Livios, que ustedes alaban tanto, aunque no sean de mi Parrochia, ni de mi mayor devocion.»
12. Esto, en quanto al latin, dixo el Dómine; mas por lo que mira á la substancia del Sermon, continuó, cansándose de hablar en juicio, ó dexándose llevar de su estrafalario modo de concebir: «por lo que mira á la substancia del Sermon, aunque de este Predicador no he leído mas que este trozo, desde luego digo, que fué uno de los mayores Predicadores, que ha havido en el mundo, y me iria yo hasta el cabo de él, solo por oírle. A mí me gustan tanto en los Sermones estos cuentecitos, estas gracias, y estos chistes, que Sermon, en que el Auditorio no se ria por lo ménos media docena de veces á carcajada tendida, no daria yo quatro quartos por él, y luego me da gana de dormir. Yo creía, que esta era una gracia privativa de algunos famosos Predicadores Españoles, y que en otras partes no se estilaba este modo de predicar, y de divertir á la gente; pero ahora veo, que todo el mundo es País; y aunque por una parte siento, que no tengan la gloria de ser los únicos en esto algunos de nuestros célebres Oradores, por otra no me pesa, que tambien participen de ella otras Naciones, porque lo demas seria envidia, y una especie de viciosa ambicion.» No echó esta leccion en saco roto nuestro Gerundico; porque, como desde niño havia mostrado tanta inclinacion á predicar, oía con especial gusto y atencion todo quanto podia hacerle famoso por este camino, y desde luego propuso en su corazon, que, si algun dia llegaba á ser Predicador, no predicaria Sermon, fuesse el que se fuesse, que no le atestasse bien de chistes y de cuentecillos.
13. Finalmente el bueno del Dómine instruía á sus discípulos en todas las demas partes, de que se compone la perfecta Latinidad, ó el perfecto uso de la Lengua Latina, con el mismo gusto, ni mas ni ménos, con que les havia instruído en el estilo. Decíales, que la Rhetórica no era arte de persuadir, sino arte de hablar; y que esso de andar buscando razones sólidas y argumentos concluyentes para probar una cosa, y para convencer al entendimiento, era una mecánica buena para los Lógicos, y para los Mathemáticos, que se andaban á caza de demonstraciones, como á caza de gangas; que el perfecto Rhetórico era aquel, que le atacaba, y le convencia con quatro fruslerías, y que para esso se havian inventado las figuras, las quales eran inútiles para dar peso á lo que de suyo le tenia, y que toda su gracia consistia en alucinar á la razon, haciéndola creer, que el vidrio era diamante, y oro el oropel. Enseñábales, que no gastassen tiempo, ni se quebrassen la cabeza en aprender lo que es Introduccion, Proposicion, Division, Prueba, Confirmacion, Aumento, Epílogo, Peroracion, ni Exortacion; porque eran cuentos de viejas, invenciones de modernos, y querer componer una Oracion Latina con la misma symetría, con que se fabrica una casa. No les dissimulaba, que Aristóteles, Demósthenes, Ciceron, Longino, y Quintiliano havian enseñado, que esto era indispensable, no solo para que una Oracion fuesse perfecta, sino para que mereciesse el nombre de Oracion; pero añadia, que essos havian sido unos pobres hombres, y porque ellos nunca havian sabido hablar en público de otra manera, dado les ha, que havian de hablar assí todos los que havian de hablar bien. Prueba clara de que no tenian razon, eran millares de millares de Sermones, que andaban por esse mundo de Dios, impressos de letra de molde, con todas las licencias necessarias, y con aprobaciones de hombres muy científicos y muy sapientes, los quales havian sido oídos con un aplauso horroroso; y sabiendo todo el género humano, que los Sermones no son, ó no deberian de ser otra cosa, que una artificiosa y bien ordenada composicion de Eloquencia y de Rhetórica, en los susodichos no se hallaba pizca de toda essa faramalla y barahunda de Introduccion, Proposicion, Division, etc.; sino unos pensamientos brillantes, saltarines, y aparentes, á qual mas falso, sembrados por aquí y por allí, conforme se le antojaba al Predicador, sin convencimiento, persuasion, ni calabaza; y con todo esso fueron aplaudidos, como piezas de eloquencia inimitables, y se dieron á la prensa, para que se eternizasse su memoria. De todo lo qual, legítima y perentoriamente se concluía, que la verdadera Rhetórica y la verdadera eloquencia no consistia en nada de esso, sino principalíssimamente en tener bien decoradas las figuras Rhetóricas con los nombres Griegos y retumbantes, con que havia sido bautizada cada una, estando pronto el Rhetórico á dar su propia y adequada definicion, siempre que fuesse legítimamente preguntado. «Y assí, concluía el Dómine, dadme acá uno, que sepa bien quid est Epanorthosis, Ellypsis, Hyperbaton, Paralypsis, Pleonasmo, Synonymia, Hypotyposis, Epiphonema, Apostrophe, Prolepsis, Upobolia, Epitrophe, Periphrasis, y Prosopopeya; y que en qualquiera composicion, sea Latina, sea Castellana, use de estas figuras conforme se le entojare, vengan ó no vengan; que yo os le daré mas Rhetórico y mas eloquente, que cien Cicerones, y docientos Demósthenes, passados por alambique.» Assí, pues, todo el empeño del cultíssimo Preceptor era, que sus muchachos supiessen bien de memoria estas vagatelas; y á los que veía mas instruídos y mas expeditos en ellas, los decia lleno de satisfaccion y de vanidad: Andad, hijos, que ya podeis echar piernas de Rhetóricos por todos essos Estudios de Dios, y por todos essos Seminarios de Christo. Con efecto los Rhetóricos del Dómine Zancas-largas (este era su mote, ó su verdadero apellido) eran muy nombrados por toda la Rivera de Orbigo, y por todo lo que baña el famoso Rio Tuerto.
14. Finalmente las lecciones, que les daba sobre la Poesía Latina, última parte de todo lo que les enseñaba, eran primas hermanas de las otras, pertenecientes á las demas partes de la Latinidad. Contentábase con hacerlos aprender de memoria la Prosodía, la cantidad de las sýlabas, los nombres Griegos de los piés, dáctilo, spondeo, yambo, trochaico, pyrrichio, etc., aquellos que explicaban la uniformidad ó la variedad de las estrophas, monócolos, monóstrophos, dícolos, dístrophos, tetrástrophos, y que decorassen gran número de versos de los Poetas Latinos, única y precisamente para probar con ellos la cantidad de las sýlabas breves ó largas por su naturaleza; sin advertir, que esta regla no es absolutamente infalible, por quanto los mejores Poetas Latinos hicieron, no pocas veces, largas las sýlabas breves, y breves las largas, ó usando de la licencia Poética, ó tambien, porque, no embargante de ser Poetas, eran hombres y pudieron descuidarse, puesto que tal vez hasta el mismo Homero dormitó. Hecho esto, como los muchachos compusiessen versos, que constassen, mas que fuessen lánguidos, insulsos, y chavacanos, y aunque estuviessen mas atestados de ripio, que pared maestra de argamasa, no havia menester mas, para coronarlos con el laurel de Apolo. Una vez decia en el tema, ó en el romance, para una quartilla, estas palabras: Entónces se supo, con quanta razon castigó Dios al mundo con el Diluvio, y se fabricó el Arca de Noé. Compúsola en verso latino un discípulo de Zancas-largas, y dixo:
Dilubiumque, Arcamque Noe; tum qua ratione.
Por solo este admirable verso le dió el Dómine dos parces, y un abrazo, sin poderse contener. En otro tema se decia esta sentencia: Se deben tolerar las cosas, que no se pueden mudar, y un chico la acomodó en este bello pentamentro:
Quæ non mutari sunt, toleranda queunt.
Valióle doce puntos para su vanda, y una tarde de assueto. Mandó componer en una estropha de versos sáphicos este breve romance: Andrés Corbino convidó á Pedro Pagano, á que el Miércoles por la tarde fuesse á merendar á su casa, porque aquel dia se havia de hacer en ella la matanza de un cerdo. Un muchacho, que passaba por ingenio milagroso, le llevó el dia siguiente la siguiente estropha:
Domine Petre, Domine Pagane,
Corbius rogat, velis ut, Andreas,