14. — «No entiendo de Tulogías, respondió el Zapatero; lo que sé, es que, por lo que toca á la entradilla del Sermon de ayer: á la salud de ustedes, Cavalleros, ni V. Rma. ni todo el Concilio Trementino me harán creer, que allí huvo heregía, porque la probó claramente con el Credo: proter nostra salute descendit de Cœlos, y que á todos nos dexó aturdidos.» — «Es cierto (replicó el Rmo.), que en esso no huvo heregía; pero no me dirá Martin, en que estuvo el chiste ó la agudeza, que tanto los aturdió?» — «Pues qué (respondió el Maestro de obra prima), no es la mayor agudeza del mundo comenzar un Sermon, como quien va á echar un bríndis; y, quando todo el Auditorio se rió, juzgando, que iba á sacar un jarro de vino para convidarnos, echarnos á todos un jarro de agua con un texto, que vino, que ni pintado?» — «Oygase, Martin, le dixo con sosiego el Rmo., quando en una Taberna comienza un borracho á predicar, qué se suele decir de él?» — «A essos, respondió Martin, nosotros los Cofrades de la cuba, los llamamos los borrachos desahuciados; porque sabida cosa es, que borrachera, que entra por la mýstica ó á la apostólica, es incurable.» — «Pues venga acá, buen hombre (replicó el Ex-Provincial), si la mayor borrachera de un borracho es hablar en la Taberna, como hablan en el Púlpito los Predicadores, será gracia, chiste, y agudeza de un Predicador, usar en el Púlpito las frases, que usan en la Taberna los borrachos? Y á estos Predicadores alaba Martin! á estos aplaude! Vaya, que tiene poca razon.» — «Padre Maestro, respondió convencido y despechado el Zapatero: yo no he estudiado Lógica ni garambaynas; lo que digo es, que lo que me suena me suena. V. Paternidad es de essa opinion, y otros son de otra, y son de la misma lana, y en verdad, que no son ranas. El mundo está lleno de envidia, y los Claustros no están muy vacíos de ella. Viva mi Padre Fray Blas, y V. Paternidad deme su licencia, que me voy á calzar al Padre Refitolero.»

15. No bien havia salido Martin de la Celda del Padre Ex-Provincial, quando entró en ella Fray Blas á despedirse de su Reverendíssima, porque el dia siguiente tenia que ir á una Villa, que distaba quatro leguas, á predicar de la colocacion de un Retablo. Como estaban frescas las especies del Zapatero, y el buen Reverendíssimo, ya por la honra de la Religion, ya por la estimacion del mismo Padre Predicador, á quien realmente queria bien, y sentia ver malogradas unas prendas, que, manejadas con juicio, podian ser muy apreciables, deseaba lograr coyuntura de desengañarle, y pareciéndole, que era muy oportuna la presente, le dixo luego, que le vió: «Padre Predicador, siento, que no huviesse llegado Vm. un poco ántes, para que oyesse una conversacion en que estaba con Martin el Zapatero, y él me la cortó, quando yo deseaba proseguirla.» — «Apuesto, respondió Fray Blas, que era acerca de Sermones, porque no habla de otra cosa, y en verdad, que tiene voto.» — «Podrále tener, replicó el Ex-Provincial, en saber donde aprieta el Zapato, pero en saber donde aprieta el Sermon, no sé por qué ha de tenerle.» — «Porque para saber quien predica bien, ó mal, respondió Fr. Blas, no es menester mas, que tener ojos y oídos.» — «Pues de essa manera, replicó el Ex-Provincial, todos los que no sean ciegos, ni sordos, tendrán tanto voto como el Zapatero.» — «Es que hay algunos, respondió el Padre Fray Blas, que, sin ser sordos, ni ciegos, no tienen tan buenos ojos, ni tan buenos oídos como otros.» — «Esso es decir, replicó el Ex-Provincial, que para calificar un Sermon, no es menester mas, que ver como lo acciona, y oír como lo siente el Predicador.» — «No, Padre nuestro, no es menester mas.» — «Con que, segun esso, arguyó el Ex-Provincial, para ser buen Predicador, no es menester mas, que ser buen Representante.» — Concedo consequentiam, dixo Fray Blas, muy satisfecho.

16. — «Y es possible, que tenga aliento para proferir semejante proposicion un Orador christiano, y un Hijo de mi Padre San N. que viste su santo Hábito? Ora bien, Padre Predicador mayor: qual es el fin, que se debe proponer en todos sus Sermones un christiano Orador?» — «Padre nuestro, respondió Fray Blas, no sin algun desenfado, el fin que debe tener todo Orador christiano, y no christiano, es agradar al auditorio, dar gusto á todos, y caerles en gracia: á los doctos, por la abundancia de la doctrina, por la multitud de las citas, por la variedad y por lo selecto de la erudicion; á los discretos, por las agudezas, por los chistes, y por los equívocos; á los cultos, por el estilo pomposo, elevado, altisonante, y de rumbo; á los vulgares, por la popularidad, por los refranes, y por los cuentecillos, encajados con oportunidad, y dichos con gracia; y en fin, á todos, por la presencia, por el despejo, por la voz, y por las acciones. Yo á lo ménos, en mis Sermones no tengo otro fin, ni para conseguirle me valgo de otros medios; y en verdad, que no me va mal, porque nunca falta en mi Celda un polvo de buen tabaco, una jícara de chocolate rico; hay un par de mudas de ropa blanca; está bien proveída la frasquera; y finalmente, no faltan en la naveta quatro doblones para una necessidad, y nunca salgo á predicar, que no trayga cien Missas para el Convento, y otras tantas para repartirlas entre quatro amigos. No hay Sermon de rumbo en todo el contorno, que no se me encargue, y mañana voy á predicar á la colocacion del Retablo de..., cuyo Mayordomo me dixo, que la limosna del Sermon era un doblon de á ocho.»

17. Apénas pudo contener las lágrymas el Religioso y docto Ex-Provincial, quando oyó un discurso tan necio, tan aturdido, y tan impío en la boca de aquel pobre Frayle, mas lleno de presuncion y de ignorancia, que de verdadera sabiduría; y compadecido de verle tan engañado, encendido en un santo zelo de la gloria de Dios, de la honra de la Religion, y del bien de las almas, en las quales podia hacer gran fruto aquel alucinado Religioso, si empleara mejor sus naturales talentos, quiso ver si podia convencerle y desengañarle. Levantóse de la silla, en que estaba sentado, cerró la puerta de la Celda, echó la aldabilla por adentro, para que ninguno los interrumpiesse, tomó de la mano al Predicador mayor, metióle en el estudio, hízole sentar, y sentándose él mismo junto á él, con aquella autoridad, que le daban sus canas, su venerable ancianidad, su doctrina, su virtud, sus empléos, su crédito, y su estimacion en la Orden, le habló de esta manera:


CAPITULO III.

Del grave y docto razonamiento, que un Padre Ex-Provincial de la Orden hizo al Predicador mayor de la Casa, donde estudiaba las Artes nuestro Fr. Gerundio.

«Aturdido estoy, Padre Fray Blas, de lo que acabo de oírle, tanto, que aun ahora mismo estoy dudando, si me engañan mis oídos, ó si sueño lo que oygo. Bien temia yo al oírle predicar, y al observar cuidadosamente todos sus movimientos, ántes del Púlpito, en el Púlpito, y despues del Púlpito, que en sus Sermones no se proponia otro fin, que el de la vanidad, el del aplauso, y del interés; pero este temor no passaba de ofrecimiento, y ni aun se atrevia á ser sospecha, porque no se fuesse arrimando á juicio temerario. Mas ya veo, por lo que acabo de oírle, que me propasé de piadoso.»

2. «Con que el fin de un Orador Christiano, y no christiano, es agradar al Auditorio, captar aplausos, grangear crédito, hacer bolsillo, y solicitar sus convenenzuelas! A vista de esto, ya no me admiro de que el Padre Predicador se disponga para subir al Púlpito, como se dispone un Comediante para salir al Theatro: muy rasurado, muy afeytado, muy copetudo, el mejor Hábito, la capa de lustre, la saya plegada, zapatos nuevos, ajustados, y curiosos, pañuelo de color sobresaliente, otro blanco, cumplido, y de tela muy delgada, ménos para limpiar el sudor, que para hacer ostentacion, de lo que debiera correrse un Religioso, que professa modestia, pobreza, y humildad. Un Predicador Apostólico, que subiesse á la Cáthedra del Espíritu Santo con el único fin de enamorar á los oyentes de la virtud, y moverlos eficazmente á un santo aborrecimiento del pecado, se avergonzaria de essos afectados adornos, tan impropios de su estado, como de su ministerio; pero, quien sube á profanarla con fines tan indecentes, y aún estoy por decir tan sacrílegos, ni puede ni debe usar otros medios. No quiero decir, que el desaliño cuidadoso sea loable en un Predicador; solo pretendo, que la afectada curiosidad en el vestido, ó en el trage, es la cosa mas risible, y no hay hombre de juicio, que no tenga por loco al Religioso, que pone mas cuidado en componer el Hábito, que en componer el Sermon, pareciéndole, que el afeyte de la persona puede suplir la tosca grosería del papel. En una palabra, Padre mio, el que se adorna de essa manera para predicar, bien da á entender, que no va á ganar almas para Dios, sino á conquistar corazones para sí. No sube á predicar, sino á galantear; tiene mas de Orate, que de verdadero Orador.»

3. «El fin de este, sea sagrado, sea profano, siempre debe ser convencer al entendimiento y mover á la voluntad, ya sea á abrazar alguna verdad de la Religion, si el Orador es sagrado, ya á tomar alguna determinacion honesta y justa, si fuere profano el Orador. No havrá leído, ni leerá jamas el Padre Predicador, que un Orador profano, por profano que fuesse, se huviesse jamas propuesto otro fin. Este es el único, que se propusieron en sus Oraciones Demósthenes, Ciceron, y Quintiliano, dirigiéndose todas á algun fin honesto y laudable; unas á conservar á la República, otras á encender los ánimos contra la tyranía; estas á defender á la innocencia, aquellas á reprimir la injusticia; muchas á implorar la misericordia, no pocas á excitar toda la severidad de las leyes contra los atrevimientos de la insolencia. Si se huviera olido, que alguno de aquellos famosos Oradores no tenian otro fin en sus declamaciones, que hacerse oír con gusto, captar el aura popular, ostentar el asséo ó la magestad del vestido, el ayre de la persona, el garbo de las acciones, lo sonoro de la voz, lo bien sentido de los afectos, la pomposa ojarasca de las palabras, y la agudeza ó falsa brillantez de los pensamientos; si se huviera llegado á entender, que sus harengas no se dirigian á otro fin, que á solicitar aplausos, á conquistar corazones, y á ganar dinero, huvieran sido el objeto de la risa, del desprecio, y aun de la indignacion de todos. Y si algunos concurriessen á oírlos, no seria ciertamente para dexarse persuadir de ellos, como de Oradores, sino para divertirse con ellos, como se divertian con los Histriones, con los Pantomimos, y con los Charlatanes. Porque en suma, mi Padre Predicador, el Orador no es mas que un hombre, dedicado por su ministerio á instruir á los hombres, haciéndolos mejores de lo que son. Y dígame: los hará mejores de lo que son, el que, desde que se presenta en el púlpito, se muestra tan dominado de las passioncillas humanas, como el que mas? Hará humilde al vano y al sobervio, el que en todas sus acciones y movimientos está respirando presuncion y vanidad? Corregirá la profanidad de los adornos, y el desordenado artificio de los afeytes, el que, dentro de los términos á que puede extenderse su estado y su profession, sube al Púlpito de gala? Emendará los desórdenes de la codicia, el que se sabe, que hace tráfico de su ministerio, que predica por interés, y que rebuelve al mundo, para que le encarguen los Sermones, que mas valen? Finalmente, á quien persuadirá, que á solo Dios debemos agradar, el que confiessa, que en sus Sermones no tiene otro fin, que el agradar á los hombres?»