4. «No me dirá el Padre Predicador, si los Apóstoles se propusieron este bastardo fin en los sermones, con que doce hombres rústicos, groseros, y desaliñados convirtieron á todo el mundo? Dirá, que Dios hacia la costa. Y quien le ha dicho, que no la haria tambien ahora, si se predicara con el espíritu, con que predicaron los Apóstoles? Replicará, que aquellos eran otros tiempos, y que los nuestros son muy diferentes, que aquellos. Qué quiere decir en esso, Padre mio? Si quiere decir, que los Apóstoles predicaron á una gente idiota, bárbara, inculta, ignorante, que se convencia de qualquiera cosa, y en qualquiera manera que se la propusiessen, acreditará, que está mas versado en leer Libros de conceptillos, que llaman predicables, y yo llamo intolerables y contentibles, que en la historia Ecclesiástica y profana. Sabe, que nunca estuvo el mundo mas cultivado, que quando Dios embió sus Apóstoles á él? Ignora, que aún duraban, y duraron por algun tiempo las preciosas reliquias del dorado Siglo de Augusto, dentro del qual nació Christo, y en el qual florecieron mas, que en otro alguno, todas las Artes y Ciencias, especialmente la Oratoria, la Poesía, la Philosophía, y la Historia? Nuestro Siglo presume, con razon ó sin ella, de mas cultivado, que otro alguno; y no se puede negar, en algunas determinadas Facultades y Artes se han hecho descubrimientos, que ignoraron los que le precedieron. Con todo esso, en aquellas, que cultivaron los Antiguos, no se ha decidido hasta ahora entre los Críticos la famosa question sobre la preferencia de estos á los Modernos; y sepa el Padre Predicador, que, aunque las razones, que se alegan por unos y por otros, son de mucho peso, pero el número de votos, que están por los primeros, hace incomparables excessos al que cuentan los segundos. Vea ahora, si eran ignorantes, bárbaros, é incultos aquellos, á quienes predicaron y convirtieron los Apóstoles, quando se disputa con grandes fundamentos, si nos excedieron en comprehension, en ingenio, en buen gusto, y en cultura.»

5. «Responderá, que aun por esso mismo los Apóstoles no convertian mas que á la gente popular, idiota, y del vulgacho. Otra alucinacion, que nace del mismo principio. No me hará merced el Padre Predicador de decirme, si era idiota, popular, y del vulgacho Cornelio el Centurion? si el Eunucho de la Reyna Candace era tambien del vulgacho, y popular? si era idiota San Dionysio Areopagita? si era un pobre ignorante San Justino Mártyr? si San Clemente Alexandrino fué idiota? si era popular, del vulgacho San Lino, y sus Padres Herculano y Claudia, ambos de las familias mas ilustres de Toscana? si tantos Reyes, tantos Príncipes, y tantos Magistrados, como convirtieron los Apóstoles en sus respectivas Provincias, eran del vulgacho, y populares? Un Predicador, que siquiera se tomasse el corto y necessario trabajo de leer las Vidas de los Santos, de quienes predica, no incurriria en semejante pobreza; pero como no ha de incurrir en esta, y en mas crassas ignorancias, quando muchas veces quien tiene ménos noticia del Santo, á que se predica, es el mismo Predicador, haciendo vanidad de tomar assuntos tan abstraídos, que un mismo Sermon se pueda predicar á San Liborio, á San Roque, á San Cosme y San Damian, á la Vírgen de las Angustias, y, en caso necessario, á las benditas Animas del Purgatorio?»

6. «Pero, si acaso quiere decir el Padre Predicador, que aquellos primeros tiempos de la Iglesia, aunque no eran ménos instruídos, eran ménos estragados que los nuestros, y consiguientemente no era tan dificultoso reducirlos á la verdad del Evangelio con razones claras, naturales, desnudas, y sencillas, dirá otra necedad, que en conciencia no se le puede perdonar. Con que, eran ménos estragados, que los nuestros, unos tiempos, en que los vicios eran adorados como virtudes, y las virtudes aborrecidas como vicios? Unos tiempos, en que la incontinencia recibia inciensos en Cytheréa, la embriaguez adoraciones en Bacho, el latrocinio sacrificios en Mercurio? Unos tiempos en que se adoraba á Júpiter estrupador, á Vénus incestuosa, á Hércules usurpador, y á Caco ratero? Unos tiempos, en que la vanidad se llamaba grandeza de corazon, el orgullo elevacion de espíritu, la sobervia magnanimidad, la usurpacion heroismo, y al contrario, la modestia, el encogimiento, la moderacion, y el retiro, se trataban como baxeza de ánimo, como apocamiento, no solo inútil, sino pernicioso á la sociedad?»

7. «Mas no quiero estrecharle tanto: no quiero hacer cotejo de nuestro Siglo con el primer Siglo de la Iglesia; conténtome con hacer la comparacion entre nuestros tiempos y aquellos, en que floricieron los Paduas, los Ferreres, los Thomases de Villanueva. Dígame: hay mucha diferencia entre nuestras costumbres y las de aquellos tiempos? Si sabe algo de historia, precisamente responderá, que, si hay alguna diversidad, es en los trages, en las modas, en la mayor perfeccion de las lenguas, y en algunos usos puramente accidentales y exteriores; que en lo demas reynaban entónces, como ahora, las mismas costumbres, las mismas passiones, las mismas inclinaciones, los mismos vicios, los mismos desórdenes; solo, que estos eran mas frequentes, mas públicos, y mas escandalosos en aquellos tiempos, que en estos. Con todo esso, qué conversiones tan portentosas y tan innumerables no hicieron aquellos Santos en los suyos? Qué séquito no tenian siempre que predicaban, despoblándose las Ciudades y aun las Provincias enteras por oírlos? Y se predicaban á sí mismos? No se proponian otro fin en sus Sermones, que el de captar aplausos, grangear admiraciones, ganar dinero, y meter ruído en el mundo? Metíanle, y grande; pero, era esto lo que ellos intentaban? Y conseguíanlo por unos medios tan impropios, tan indecentes, tan indignos, y aun estoy por decir tan sacrílegos?»

8. «Paréceme, que estoy ya oyendo lo que me dirá interiormente el Padre Predicador: lo que veo, es que yo lo consigo por los que uso; que tambien meto ruído; que me siguen, que me aplauden, y que me admiran. Lindamente! Y de ahí, qué se infiere? Que predica bien? Que sabe siquiera lo que se predica? O qué mala consequencia! Mete ruído; tambien le mete una farsa, quando entra en un Lugar. Síguenle; tambien se sigue á un charlatan, á un truhan, á un titiritero, á un arlequin, quando hacen sus habilidades en un Pueblo. Apláudenle; pero quienes? los que oyen como Oráculo á un infeliz Zapatero, y los que celebran á un Predicador, como pudieran á un Representante. Admíranse al oírle; pero de qué? los necios y los aturdidos, de su osadía y de sus gesticulaciones; los cuerdos y los inteligentes, de su satisfaccion y de su falta de juicio.»

9. «Ora bien, Padre Predicador, quien le ha dicho, que los aplausos y las admiraciones de la muchedumbre son hijas de los aciertos? Frequentíssimamente, por no decir las mas veces, son hijas de la ignorancia. El vulgo, por lo comun, aplaude lo que no entiende; y sepa, que en todas las classes de la República hay mucho vulgo. Ya havrá leído ú oído lo de aquel famoso Orador, que harengando en presencia de todo el Pueblo, y oyendo hácia la mitad de la Oracion una especie de alegre murmurío de la multitud, que le sonó á aclamacion, se volvió á un amigo suyo, que estaba cerca, y le preguntó sobresaltado: He dicho algun disparate? porque este aplauso popular no puede nacer de otro principio. Aun el mismo Ciceron, que no escupia los aplausos, desconfiaba de ellos, si eran muy frequentes, pareciéndole, que, no siendo possible merecerlos siempre, necessariamente havia de tener en ellos mucha parte la adulacion ó la ignorancia: No gusto oír muchas veces en mis oraciones: qué cosa tan buena! no se puede decir mejor. Belle et præclare nimium, sæpe, nolo.»

10. «Aún mas equívocas son las admiraciones que los elogios; estos nunca debieran dirigirse sino á lo bueno y á lo sólido; aquellas pueden, sin salir de su esfera, limitarse precisamente á lo singular y á lo nuevo; porque la admiracion no tiene por objeto lo bueno, sino lo raro. Y assí, dice discretamente un Jesuíta Francés, muy al caso en que nos hallamos, que puede suceder, y sucede con frequencia, una especie de paradoxa en los Sermones; esta es, que el Auditorio tiene razon para admirar ciertos trozos del discurso, que se oponen al juicio y á la razon; y de aquí nace, que muy frequentemente se condena poco despues lo mismo, que á primera vista se havia admirado. Quantas veces lo pudo haver notado el Padre Predicador? Están los oyentes escuchando un Sermon con la boca abierta, embelesados con la presencia del Predicador, con el garbo de las acciones, con lo sonoro de la voz, con la que llaman elevacion del estilo, con el cortadillo de las cláusulas, con la viveza de las expressiones, con lo bien sentido de los afectos, con la agudeza de los reparos, con el aparente desenredo de las soluciones, con la falsa brillantez de los pensamientos. Miéntras dura el Sermon, no se atreven á escupir, ni aun apénas á respirar, por no perder ni una sýlaba. Acabada la Oracion, todo es cabezadas, todo murmuríos, todo gestos, y señas de admiraciones. Al salir de la Iglesia, todo es corrillos, todo pelotones, y en ellos todo elogios, todo encarecimientos, todo assombros. Hombre como este! Pico mas bello! Ingenio mas agudo!»

11. «Pero, qué sucede? Algunos hombres inteligentes, maduros, de buena crítica, y de juicio claro, que oyeron el Sermon, y no se dexaron deslumbrar, no pudiendo sufrir, que se aplauda lo que debiera abominarse, sueltan ya esta, ya aquella especie, contra todas las partes, de que se compuso el Sermon, y hacen ver con evidencia, que todo él fué un texido de impropiedades, de ignorancias, de sandeces, de pobrezas, y quando ménos ménos de futilidades. Demuestran con toda claridad, que el estilo no era elevado, sino hinchado, campanudo, ventoso, y de pura ojarasca; que las cláusulas cortadas y cadenciosas son tan contrarias á la buena prosa, como las llenas y las numerosas, pero sin determinada medida, lo son al buen verso; que este género de estilo causa risa, ó por mejor decir, asco, á los que saben hablar y escribir; que las expressiones, que se llaman vivas, no eran sino de ruído y de boato; que aquel modo de sentir, y de expressar los afectos, mas era cómico y theatral que Oratorio, loable en las tablas, pero insufrible en el Púlpito; que los reparos eran voluntarios, su agudeza una fruslería, y la solucion de ellos tan arbitraria como futil; que los pensamientos se reducian á unos dichicos de conversacion juvenil, á unos retruécanos ó juguete de palabras, á unos conceptos poéticos, sin meollo ni xugo, y sin solidez; que en todo el Sermon no se descubrió ni pizca de sal Oratoria, pues no havia en él ni assomo de un discurso methódico y seguido; nada de enlace, nada de conexion, nada de raciocinio, nada de mocion: en fin, una escoba desatada, conceptillos esparcidos, pensamentuelos esparramados por aquí y por allí, y acabóse. Con que, todo bien considerado, no havia que aplaudir, ni que admirar en nuestro Predicador, sino su voz, su manotéo, su presuncion, y su reverendíssimo coram vobis. Los que oyen discurrir assí á estos hombres perspicaces, penetrativos, y bien actuados en la materia, vuelven de su alucinacion, conocen su engaño, y el Predicador, que por la mañana era admirado, ya por la tarde es tenido por pieza; los compasivos le miran con lástima, y los duros con desprecio.»

12. «No quiero mas prueba de esta verdad, que los Sermones mismos del Padre Predicador. Quanto se celebró, y quanto se admiró aquella famosa entradilla del Sermon de la Santíssima Trinidad: Niego, que Dios sea Uno en essencia, y Trino en Personas? Quanto se admiró, y quanto se ponderó la otra del Sermon de la Anunciacion: A la salud de ustedes, Cavalleros? Qué elogios no se oyeron de una y otra al acabarse las funciones? Pero, quanto duraron estas admiraciones y estos aplausos? El tiempo, que tardó un hombre zeloso, charitativo, y prudente en abrir los ojos á los oyentes, para que conociessen, que la primera proposicion havia sido una grandíssima heregía, y la segunda una grandíssima borrachera; y quando ménos, añadida la explicacion de la una y de la otra, ambas havian quedado en dos grandes insulseces. Porque la primera se reduxo á decir, que muchos Hereges havian negado el Mysterio de la Santíssima Trinidad: miren qué noticia tan exquisita! Y la segunda, estrujada su substancia, no vino á decir mas, que Christo ó el Verbo Divino havia encarnado por la salud de los hombres: miren qué pensamiento tan delicado! Luego que sus oyentes cayeron en la cuenta, quedaron corridos de lo mismo, que havian admirado poco ántes; y sé muy bien, que en las mismas tardes de la Trinidad y de la Anunciacion se lo dieron á entender al Padre Predicador, si él huviera querido percibirlo. Porque yendo á visitar á sus penitentas, como lo acostumbra los dias que predica, para recoger los aplausos de los estrados, cierta Señorita le dixo el dia de la Trinidad: Jesus, Padre Predicador! Dios se lo perdone á Vm. el susto, que me dió con el principio de su Sermon; porque cierto temí, que el Comissario del Santo Oficio le mandasse callar, y que desde el Púlpito le llevasse á la Inquisicion. Y tambien sé, que otra le dixo la tarde de la Anunciacion: Quando Vm. comenzó el Sermon esta mañana, creí que estaba dormida, y que soñaba, que, en lugar de llevarme á la Iglesia, me havian llevado á la Taberna. Ambas fueron dos pullas muy delicadas y bien merecidas; pero, como el Padre Predicador todo lo convierte en substancia, túvolas por chiste, y le entraron en provecho.»

13. «Estos son, Padre mio, los aplausos, que logra, aun de aquellas personas, que no tienen mas luces, que las de un sindéresis natural bien puesto: burlarse de él, y estimarle en lo que vale. Las que están mas cultivadas, las que tienen alguna tintura del buen gusto, y sobre todo aquellas, que no miran con indiferencia un ministerio tan sério y tan sagrado de la Religion, no le puedo ponderar el dolor, que las causa verle tan profanado en su boca, y la compassion, con que miran tan infelizmente malogrados unos talentos, que, si los manejara como debe, serian utilíssimos para el bien de las almas, para la gloria de Dios, para mucha honra de nuestra Sagrada Orden, y para mas sólida y mas verdadera estimacion del Padre Predicador. No puede dudar este la especial inclinacion, que siempre le he manifestado, desde que fué mi Novicio; las pesadumbres de que le libré, quando fuí Prelado suyo; la estimacion, que hice de sus prendas siendo su Provincial, pues yo fuí quien le colocó en el candelero, encargándole uno de los Púlpitos mas apetecidos de la Provincia. Ya se acordará de la Carta paternal, que con esta ocasion le escribí, recomendándole mucho, que desempeñasse mi confianza, que no diesse ocasion, para que me insultassen los que censuraron esta eleccion, sin duda porque le conocian mejor que yo; predicasse á Jesu-Christo Crucificado, y no se predicasse á sí mismo, ó, á lo ménos, que predicasse con juicio y con piedad, ya que no tuviesse espíritu para hacerlo con zelo y con fervor. Protéstole, que uno de los mayores remordimientos, que tengo de los muchos desaciertos, que cometí en mi Provincialato (aunque pongo á Dios por testigo, que todos con buena intencion), es el de haver hecho Predicador al Padre Fray Blas, fiando la conversion de las almas á quien en nada ménos piensa que en convertirlas, y á quien muestra tener la suya no poco necessitada de conversion. Díle á conocer en el mundo, quando estaria mejor en el retiro del Claustro y en la soledad del Choro. Púsele en ocasion de que los aplausos de los necios le engreyessen, y la vanidad le precipitasse. Conózcolo, llórolo; pero ya no lo puedo remediar, pues veo, con imponderable dolor mio, que aun dentro de la Religion no faltan fomentadores de su vanidad, elogiadores y panegyristas de sus locuras; unos, porque no alcanzan mas, otros por adulacion, algunos pocos por interés, y la mayor parte, porque se dexa llevar de la corriente, y no tiene mas regla, que el grito de la muchedumbre.»