14. «Entre estos últimos cuento á essa pobre juventud, compuesta de Colegiales, Philósophos, y Theólogos, que se cria en este Convento, y á quien es indecible el daño, que hace con su mal exemplo el Padre Predicador. Venle aplaudido, celebrado, buscado, regalado, y sobrado de religiosas conveniencias; oyen al mismo Padre Predicador hacer ostentacion pueril de ellas, alabarse de lo mucho, que le fructifica la semilla del Verbum Dei; ponderar la utilidad y la estimacion de su carrera, haciendo chunga y chacota de la de los Lectores y Maestros de la Orden, á quienes trata de pelones, pobretes, mendigos, pordioseros, y camaleones, que se sustentan del ayre de los ergos, y que tienen las navetas tan vacías de chocolate, como los cascos llenos de questiones impertinentes. Qué sucede? que cobran horror al estudio Escolástico, tan necessario para la inteligencia de los mysterios y de los dogmas, y, para no decir de unos y de otros tantos disparates, como dice el Padre Predicador, dedícanse á leer libros de sermonarios inútiles y disparatados, ó á trasladar Sermones tan ridículos, tan insubstanciales, y aun tan perniciosos, como los del Padre Fray Blas; tómanle á él mismo por modelo, remedándole hasta las acciones y los movimientos, sin advertir, que los que parecen bien, quando son naturales, se hacen risibles y despreciables en el remedo. Críanse con esta leche, y salen despues á ser la diversion del vulgo, la admiracion de los ignorantes, la risa de los discretos, el dolor de los piadosos, el descrédito de la Orden, y tal vez su azote y su tormento.»
15. «Viéndolo estamos todos en esse pobre, simple, y atolondrado de Fray Gerundio. Su sencillez por una parte, y el Padre Predicador por otra, ambos concurren á echarle á perder á tiros largos. Aunque no le faltan talentos, para que con el tiempo saliesse hombre de provecho, viendo estoy, que nos ha de sonrojar, y que nos ha de dar que padecer. No hay forma de estudiar una conferencia, de dedicarse á entender una question, y mira con horror al estudio Escolástico, gastando el tiempo en leer Sermones impressos, y en trasladar los manuscritos del Padre Fray Blas. Y esto por qué? porque me dicen, que no sale de su Celda; que tiene en ella letra abierta para desayunarse, para merendar, y para perder tiempo; que el Padre Predicador le va imbuyendo en todas sus máximas, hasta pegarle tambien sus afectos y desafectos, no solo con perjuicio de su buena educacion, sino en grave detrimento de la charidad, y de la union fraternal y religiosa.»
16. «Por tanto, Padre mio, si el amor de nuestra Madre la Religion le debe algo; si tiene algun zelo por la salvacion de las almas, que Jesu-Christo redimió con su preciosa Sangre; si su misma estimacion sólida y verdadera le merece algun cariño, ruégole, por la misma preciosíssima Sangre de Jesus, que mude de conducta: sea mas noble, mas christiano, y mas religioso el fin de sus Sermones, y será muy otra su disposicion: predique á Christo Crucificado, y no se predique á sí mismo; y á buen seguro, que no pondrá tanto cuydado en el afectado aliño de su persona: no busque otro interés, que el de las almas, da mihi animas; cætera tolle tibi; y yo le fio, que predicará de otra manera: no solicite aplausos, sino conversiones; y tenga por cierto, que no solo logrará las conversiones, que desea, sino los aplausos, que no solicita, y estos de órden muy superior al aura popular y vana, que ahora le arrebata tanto. Sobre todo le encargo, le ruego, le suplico, que, quando no haga caso de lo que le digo, y se obstine en seguir el errado rumbo, que ha comenzado, á lo ménos no dogmatice, no haga escuela tan perniciosa, no quiera imitar aquel Dragon, que con la cola arrastró tras de sí la tercera parte de las Estrellas. Estremézcale aquel Væ! tan espantoso, contra los que escandalizan á los pequeñuelos. Y no trate de vejez, de impertinencia, de prolixidad, y de mala condicion de los muchos años esta paternal, charitativa, y reservada advertencia, que le hago; sino mírela como la mayor prueba del verdadero amor, que le professo.»
CAPITULO IV.
De la burla, que hizo el Predicador mayor del razonamiento del Ex-Provincial, y de lo que passó despues con Fray Gerundio.
Sin cespitar estuvo oyendo Fray Blas el Sermon, que le espetó el Reverendo Padre Ex-Provincial, y á pié firme sufrió la carga cerrada, que le disparó, con una contenencia tal, que qualquiera se persuadiria, que quedaba convencido, persuadido, y trocado ya en otro hombre. Porque, dice la leyenda de la Orden, que le oyó con semblante sereno, con los ojos baxos, con las manos debaxo del Escapulario, con el cuerpo algo inclinado ázia adelante, en postura humilde, aplicando un poco el oído izquierdo, como para no perder sýlaba, sin estornudar, sin escupir, y aun sin sacar la caja, ni tomar un polvo de tabaco en todo el tiempo, que duró la mission. Ya el buen Padre Ex-Provincial se aplaudia interiormente á sí mismo de aquella feliz conquista; ya tenia por mil veces dichosa la hora, en que se havia determinado á hablarle con tanta resolucion y claridad; ya estaba para echarle los brazos al cuello, dándole mil parabienes de que finalmente huviesse abierto los ojos á la luz de la razon; quando vió, que el bueno del Predicador levantó los suyos, le miró con serenidad, sacó las manos debaxo del Escapulario, reclinó el codo derecho sobre el brazo de la silla, refregóse la barba, echó despues mano á la manga, sacó la caja, dió dos golpecitos pausados sobre la tapa, abrióla, tomó un polvo, y, encarando al Ex-Provincial, le dixo muy reposado: Acabó ya V. Paternidad? — Sí, ya acabé. — Pues, Padre nuestro, óygame V. Paternidad este cuento.
2. «Assistia un loco al Sermon del Juicio universal, que se predicaba en cierta Mission. Estuvo verdaderamente fervoroso y Apostólico el zeloso Missionero, y dexó tan aturdido al auditorio, que, aun despues de acabado el Sermon, por un rato ninguno se rebullia. Aprovechóse el loco de aquel compungido silencio, y, levantando la voz descompassadamente, dixo: Señores, todo esso, que nos acaba de predicar el Padre Missionero de juicio, juicio, y juicio, sin duda que debe de ser assí. Pero nondum venit hora mea, y yo llevo la contraria con el doctíssimo Barradas. Vea V. Paternidad si manda algo para Cevico de la Torre, porque yo parto mañana»; y, sin esperar á mas razones, se levantó de la silla, tomó la puerta, y se fué á su Celda.
3. Esperábale en ella su queridito Fray Gerundio, que, ademas de ser un eterno admirador de las locuras y de los disparates de Fray Blas, cuya sola razon bastaria para que este le estimasse mucho, era, fuera de esso, un Fraylecito rollizo, bien agestado, muy compuestico de andadura, de acciones, y movimientos; por lo qual, no solo se llevaba todos los cariños del Padre Predicador mayor, sino generalmente los de casi todos los Padres graves de la Casa, entre los quales havia una especie de celillos y de competencia, sobre quien le havia de hacer mas cocos. Embiábanle desde la mesa traviesa la fruta, los extraordinarios, y el platillo, quando solo le tenian los Padres gordos, y no los Colegiales y aun por lo mismo era entre estos embidiado, acechado, y mas que medianamente mordido, para lo que daba él mismo poco motivo; ya por lo que se engreía con los alhagos de los Reverendíssimos, ya por las mañuelas y artificios de que se valia para tenerlos mas engaytados, ya finalmente, porque el horror, que tenia al estudio Escolástico, los daba muchas ocasiones de burlarse de él, y de sonrojarle, las quales no las perdian los bellacuelos de los otros Colegiales; pero á Fray Gerundio se le daba muy poco de esso, procurando en todo caso cultivar la predileccion de los mandones del Convento, y entre todos inclinándose mas (aunque con el mayor dissimulo possible) al despejo, al garbo, y á la discrecion del Padre Predicador mayor.
4. Luego, que este entró en la Celda, contó á Fray Gerundio quanto le acababa de passar con nuestro Padre: hízole un resúmen del Sermon, remedó su voz, imitó su postura, pintó sus gestos, glossó sus palabras, y burlóse de todo, tratándole de Carcuezo, de Fray-Zaragüelles, de Hombre de antaño, y de otros apodos semejantes. Finalmente le dixo: Chico, como la Mission duró tanto, tengo gana de cierta cosa, y assí con tu licencia. Retiróse á la alcoba, tiró la cortina, hizo lo que tenia que hacer, y, acabada esta funcion, dixo Fr. Blas á Fr. Gerundio: «Ya sabes, que mañana voy á Cevico de la Torre, á predicar del Patriarcha San Benito, en su Hermita del Otero; es voto de Villa, Pasqua de flores, y hay Romería: y el Sermon es de los de á oncita de oro. Ante todas cosas, tómate essos dulces (y llenóle la manga de los que sacó de una naveta), cerremos la puerta, porque no venga á inquietarnos algun Reverendo Muletilla (y echó la aldaba); siéntate, y oirás uno de los mejores Sermones, que he compuesto en toda mi vida.»