9. Las verdaderas, legítimas, y originales causas de estar tan corrompido el Púlpito christiano, singularmente en España, todas se pueden reducir á tres: á la poca ó ninguna estimacion, que hacen del Púlpito los que ordinariamente nombran á los Predicadores; á la poca ó ninguna aplicacion de los mismos Predicadores nombrados, que no se dedican á instruírse en su facultad, y á hacerse Maestros en ella; y en no pocos á su incapacidad de aprenderla, aun quando se dedicaran; y finalmente, al mal gusto de los Auditorios, que aplauden lo que debieran abominar, y abominan lo que debieran aplaudir.
10. En casi todas las Religiones de España se aprecia mucho mas la carrera de las Cáthedras, que la del Púlpito; se hace mas estimacion de la Cáthedra de Aristóteles, que de la del Espíritu Santo; se conceden mayores honores al Maestro mas inepto, que al Predicador mas sobresaliente. Esto es de notoriedad pública; pero puede haver error mas perjudicial, ni mas lamentable? Dícese, que el Médico comienza donde acaba el Phýsico: Ubi desinit Physicus, incipit Medicus: Si la Philosophía es la que se enseña ordinariamente en nuestras Escuelas, tan impertinente es para la Medicina, como para la Música. Pero quien negará, que, donde acaba el Theólogo, allí ha de comenzar el Predicador? Como podrá serlo, no digo sobresaliente, pero ni aun tolerable, el que no sabe los mysterios de la Fé, los dogmas de la Religion, ni los sentidos de la Escritura? Y como sabrá los primeros, para enseñarlos al Pueblo, el que no está mas que medianamente versado en la Theología Escolástica; ni los segundos, el que ignora la Dogmática; ni los terceros, el que jamas ha estudiado la Expositiva, ni mucho ménos la Mýstica? Quanto desbarrará en los mysterios de la Trinidad, de la Encarnacion, de la Eucharistía, el que no ha estudiado estas materias? Quantos disparates dirá acerca de la Predestinacion, de la Reprobacion, de la Providencia, de la economía de la Gracia, de la presciencia infalible de Dios, sin perjuicio de la libertad, el que no esté mas que razonablemente instruído en todos estos necessaríssimos Tratados? Qué locuras, qué puerilidades, qué chocarrerías, y tal vez, qué blasphemias hereticales no dirá, abusando de los textos de la Sagrada Escritura, el que no sabe manejarla, ni en su vida se ha dedicado á estudiar los quatro únicos sentidos, en que es capaz de explicarse, el literal, el alegórico, el mýstico, y el tropológico? Todo esto no se puede saber, sin estar mas que superficialmente versado en las quatro partes de la Theología. Pues, por qué se ha de hacer mas aprecio de esta, que de la Oratoria, siendo assí, que puede uno ser gran Theólogo, sin ser Predicador, pero no puede ser gran Predicador, sin ser gran Theólogo?
11. Digo, pues, para descargo de mi ánima, que no me parece razonable esta preferencia, y que, á mi pobre juicio, debieran reflexionar las Religiones, que la usan, que ninguna de ellas se introduxo en el mundo, se propagó, y se elevó al auge de estimacion en que hoy las vemos, por las funciones de la Cáthedra, sino por los ministerios del Púlpito, exercitados con solidez, con meollo, y con zelo, á la usanza Apostólica. Assí, que no ha llegado á nuestra noticia, que hasta ahora se haya fundado en la Iglesia de Dios ninguna Religion de Mathemáticos, de Phýsicos, de Philósophos, de Theólogos; y en verdad, que se han fundado algunas con el título de Religion de Predicadores, de Missioneros, de la Doctrina Christiana, et reliqua. Pues aquí de Dios y del Rey; si las cosas se conservan por aquellos mismos principios, que las producen (hablo como se acostumbra, que la verdad de este principiote quédese en su lugar); si las cosas se conservan por aquellos mismos principios, que las producen, y si es indubitable, que las mas de las Sagradas Religiones fueron producidas, propagadas, y elevadas á la prócera estatura, en que hoy las veneramos, por los Apostólicos ministerios del Púlpito; qué razon havrá, divina ni humana, para que se haga en ellas mas caudal de las fatigas literarias de la Cáthedra?
12. No quiero decir por esto (ni Dios permita tal), que no ha de haver en ellas Maestros, y que no se ha de hacer un sumo aprecio de los que verdaderamente lo fueren; ántes pretendo todo lo contrario. Si voy suponiendo que es impossible de toda impossibilidad, que hayga buenos Predicadores, sin que sean buenos Theólogos, como he de intentar, que no sean sumamente estimados los que los enseñan á serlo? Lo que digo es, que, si el Predicador supone al Theólogo, no debe ser mas estimado el Theólogo que el Predicador. Lo que digo es que, en mi corto entender, no debieran las Religiones nombrar á alguno, para que enseñe desde el Púlpito, que no fuesse capaz, y muy capaz, de enseñar desde la Cáthedra, y que ya no huviesse enseñado desde ella. Pero qué sucede por lo regular? Al que no entiende los ergos, ó mira con tedio las arideces escolásticas, como tenga buena voz, buena memoria, buena presencia, y mucho despejo, hágote Predicador de la noche para la mañana, y ármote de punta en blanco Cavallero del Púlpito, con dos grandes legajos de papeles agenos, buenos ó malos, con media docena de Sermonarios impressos, malos ó buenos, y vandéate como pudieres.
13. De aquí nace, lo primero, que, como las Religiones saben muy bien, hasta donde llegan los talentos de los que por lo comun hacen Predicadores, los miran un poco al soslayo, y, aunque los conceden algunos honorcillos, son de prima tonsura, ornatus gratia, y dedaditas de miel para engolosinar niños; y aquellos, que llegan á jubilar por la carrera del Púlpito, son jubilados de media braga ó de tapadillo. Nace, lo segundo, que los que pueden ir por la carrera de las Cáthedras y pudieran ser Predicadores eminentes, no los harán ir por la del Púlpito, aunque los descrismen; y visto lo visto, de tejas abaxo hacen bien, como soy Clérigo. Nace finalmente, lo tercero, que los que van por esta via son, por lo comun, unos lindos Religiosos, que por su parola, verbosidad, y despejo, harian unos buenos Procuradores, unos buenos Sacristanes, unos famosos Demandantes, pero hacen unos perversos Predicadores. Etele, si no me engaño, la principalíssima causa de la corrupcion de la Christiana Oratoria en España de parte de los Electores.
14. Y de camino queda dicha la que hay de parte de los Electos. Siendo la mayor parte de ellos unos hombres, como los acabamos de pintar, poco Gramáticos, nada Philósophos, y ménos Theólogos; por donde han de saber, qual es su Sermon derecho, ni ázia donde caen las partes de la Oracion (salvo las del Arte de Nebrija)? Estudian sus mamotretos, zurzen unos, hilvanan otros, desquartizan estos, enjalman aquellos, y vamos adelante; que al cabo de los diez ó de los doce años, jubilado me he de ser, y no me ha de faltar mi platillo, ni, á mal dar, un Vicariato de Monjas; y desdichada la madre, que no tiene un hijo Predicador jubilado, que llegue á Definidor.
15. Finalmente, contribuye tanto, como lo que mas, á la corrupcion de nuestra Oratoria el mal gusto de los oyentes. Mas, porque no quiero infernar mi alma, declaro, para descargo de ella, que el mal gusto de los oyentes es hijo legítimo, y de legítimo matrimonio, del perverso gusto de los Predicadores. Si aquellos pobrecillos no oyen otra cosa, como no se les ha de pegar necessariamente lo que oyen?
16. Ora bien, yo leí en cierta parte del mundo un Tratadillo Oratorio del Padre Sanadon, Jesuíta, en que prueba, que esto de mal gusto de los ingenios es enfermedad contagiosa, y que se deben usar preservativos contra ella; pero la lástima es, que al mismo discretíssimo Padre le parece, que es muy dificultoso encontrarlos eficaces, y en verdad que, si no me engaño mucho, lo esfuerza de manera, que, si no convence, concluye. Que el mal gusto se pegue como contagio, es mas claro, que chocolate de Padre de la Compañía; y no hay mas que ir discurriendo por los siglos, en que reynó el mas perverso, buscar la causa de su propagacion, y se encontrará la prueba. Solo hay una diferencia entre la peste y el mal gusto, que los estragos de aquella se conocen ántes, que se experimenten; los de este, hasta que se experimentan, no se advierten: aquella cunde á ojos vistas, este se propaga sin sentir: por lo demas, assí como aquella se dilata por la comunicacion de los apestados, assí, ni mas ni ménos, se va extendiendo este por el comercio de los que se sienten tocados del gusto epidémico.
17. Que no se encuentren á dos tirones preservativos eficaces contra esta epidemia, y, consiguientemente, que su curacion sea muy dificultosa, por no llamarla desesperada, es una verdad, que casi salta á los ojos. Lo primero, hay pocos Médicos capaces de emprehenderla. Los genios superiores, quales se requieren para tomar á su cargo el desengañar á los entendimientos de sus erradas preocupaciones, son raros. Algunos hay, que las conocen muy bien, que se lamentan de ellas, que en lo interior de su corazon las abominan; pero en el fuero externo déxanse llevar de la corriente, y hacen lo que todos los demas; porque el laudo meliora, proboque... deteriora sequor, en toda especie de cosas tiene muchos Sectarios. Lo segundo, la naturaleza de la enfermedad la hace casi irremediable. Como se ha de curar un mal, con el qual se halla tan lindamente el enfermo? que le cae muy en gracia? y que, á su parecer, nunca está mas robusto, que quando está mas achacoso? Si algun Médico charitativo intenta su curacion, ríese el enfermo de la locura del Médico, y dice, que él es el que verdaderamente tiene necessidad de curarse. Con que ve aquí la peste del mal gusto extendida, y punto ménos que sin remedio.
18. Uno solo hay, y esse es eficacíssimo. Este seria, que á ninguno, á ninguno se le permitiesse predicar, que no fuesse hombre muy probado en letras, en virtud, y en juicio. Y no hay que decir, que esto es pedir gullorías; porque solo es pedir lo que David y San Pablo piden indispensablemente á todo Predicador. El primero dice en sentido acomodable al intento: Disponet sermones suos in judicio; vele ahí el juicio. El segundo quiere, que el Predicador sea irreprehensible: Oportet irreprehensibilem esse; vela ahí la virtud; de doctrina sana, y capaz de arguir y de convencer á los que le contradixeren: In doctrina sana, et eos qui contradicunt arguere; ves ahí las letras. Y no hay que salirme con la pata de gallo, de que San Pablo no habla de los Predicadores, sino de los Obispos. Vagatelas: habla de los Obispos, en quanto son Predicadores, ca sabida cosa es, que el oficio de predicar es propio y privativo del Obispo, y que en la primitiva Iglesia el Obispo predicaba de oficio. Como despues se multiplicó el número de los Fieles, se extendieron tanto las Diócesis, y no era possible, que los Obispos estuviessen en todas partes, para repartirlos el pan de la divina palabra, introduxéronse los Predicadores, á quienes los Concilios llaman Coadjutores de los Obispos en el ministerio de predicar: Coadjutores Episcoporum in ministerio verbi; y por tanto solo se escogian para esso á los que sobresalian mas entre todo el Clero en virtud y en sabiduría. Yo quisiera saber, por qué ahora no se podria hacer lo mismo?