7. — «Pues, si no es Phýsica la que se enseña por acá, replicó Fray Gerundio, y yo no tengo de ir á estudiarla donde se enseña, escuso aporrearme la cabeza.» — «No se ha de tomar esso tan en cerro, respondió el Beneficiado, ni quiere decir el Barbadiño, que nada de lo que acá se enseña sea Phýsica, sino que mucha y aun la mayor parte no lo es. Item, aunque da á entender, que en Portugal, y aun en toda España, apénas se tiene noticia de la que es Phýsica legítima, castiza, y verdadera, con licencia de sus venerables barbas, no tiene razon. No ha salido, ni verisímilmente saldrá en mucho tiempo Curso alguno Español, que de intento la professe y la promueva, porque para esso es menester superar muchos estorvos, que en el genio nacional son punto ménos que invencibles; pero tanto como saber hácia donde cae todo lo que soñaron los antiguos y cavilaron los modernos, assí acerca de la constitucion del mundo en general, como de la composicion del cuerpo natural, que es el obgeto preciso de la Phýsica, impugnando con vigor, con nervio, y con solidez á unos y á otros, hay por acá muchos hombres honrados, que lo saben, por lo ménos tan bien como el Reverendo Padre Barbadiño.»

8. «Dexo á un lado, que el famoso Antonio Gomez Pereyra no fué Inglés, Francés, Italiano, ni Aleman, sino Gallego por la gracia de Dios, y del Obispado de Tuy, como quieren unos, ó Portugués, como desean otros; pero sea esto ó aquello, que yo no he visto su Fé del Bautismo, al cabo Español fué, y no se llamó Jorge, como se le antojó á Monsieur el Abad Ladvocat, Compendiador de Moreri, y no tuvo por bien de corregirlo su escrupulosíssimo Traductor, sin duda por no faltar á la fidelidad. Pues, es de pública notoriedad en todos los estados de Minerva, que este insigne hombre, seis años ántes que huviesse en el mundo Bacon de Verulamio; mas de ochenta ántes que naciesse Descartes; treinta y ocho ántes que Pero Gasendo fuesse bautizado en Chantersier; mas de ciento ántes que Isaac Newton hiciesse los primeros puchericos en Volstrope de la Provincia de Lincoln; los mismos, con corta diferencia, ántes que Guillermo Godofredo, Baron de Leibnitz, se dexasse ver en Leipsic, embuelto en las secundinas: digo, Padre mio Fray Gerundio, que el susodicho Antonio Gomez Pereyra, mucho tiempo ántes que estos Patriarchas de los Philósophos Neotéricos y á la papillota levantassen el grito contra los podridos huesos de Aristóteles y saliessen, uno con su Organo, otro con sus Atomos, este con sus Turbillones, aquel con su Atraccion, el otro con su Cálculo, y todos refundiendo á su modo lo que havian dicho los Philósophos viejíssimos; ya nuestro Español havia hecho el processo al pobre Estagyrita. Havia llamado á juicio sus principales máximas, principiotes, y axiomas: havíalos examinado con rigor y con imparcialidad, y sin hacerle fuerza la quieta y pacífica possession de tantos siglos, havia reformado unos, corregido otros, desposeído á muchos, y hecho solemne burla de no pocos: tanto que algunos Críticos de buenas narices son de sentir, que Antonio Gomez fué el texto de essos revolvedores de la naturaleza, que ahora meten tanto ruído, pretendiendo aturrullarnos, los quales no fueron mas que unos hábiles Glosadores ó Comentadores suyos; y yo, aunque algo romo y pecador, me inclino mucho á que tienen razon, á lo ménos en gran parte, como fácilmente lo probaria, si mereciera la pena.»

9. «Pero, no metiéndonos ahora con los huesos del señor Antonio Gomez, que están bien enterrados, siquiera por los que su merced hizo enterrar en Medina del Campo, quando fué Médico de aquella Villa, digo, que bien pudiera no dissimular el Padre Fray Barbadiño, que aun en las phýsicas mas rancias de España se hace larga y muy comprehensiva mencion de las antiguas, y consiguientemente tambien de las modernas; porque estas, segun dixe poco ha, á la reserva de tal qual bachillería, experimentillo, ó cosa tal, apénas son mas que una pomposa ó galana refundicion de aquellas. A Melisso y Parménides, que no reconocian mas que un único principio, immutable, indivisible, sin ponerle nombre, ni querernos decir, como era su gracia, pretendiendo, que de la varia combinacion de él se componian todos los cuerpos, y consiguientemente no reconociendo en ellos diferencia alguna específica y substancial, sino meramente accidental, copiaron despues todos los modernos, que negaron las formas substanciales, y no reconocieron otro principio de todo cuerpo sensible que uno solo, al qual bautizó cada uno con el nombre, que le dió la gana. Este le llama Atomas, aquel Materia, el otro Glóbulos, et sic de reliquis

10. «A Melisso, Anaxímenes, Heráclito, y Hesíodo, que tambien fueron Philósophos Monothelitas, esto es, que tampoco reconocian mas que un principio de todos los mixtos, pero dieron un passito mas adelante, y cada uno le nombró segun su genio ó capricho, porque Melisso, que debia de ser flemático y aguado, dixo, que todas las cosas se componian de agua, y no mas; Anaxímenes, que debia de adolecer de fantástico y ligero, defendió, que todo era puro ayre; Heráclito, que sin duda era de genio ardiente y fogoso, se desgañitaba por persuadir, que todo era fuego; y Hesíodo, que, en su Poema intitulado las Obras y los Dias, acreditó su inclinacion á la Agricultura, y consiguientemente á los terrones, juraba por los Dioses immortales, que todo quanto veíamos y palpabamos era tierra, y no le sacarian de ahí quantos araban y cavaban. Digo, pues, que á estos Philósophos de antaño tambien remedaron aquellos Philósophos de hogaño, que, firmes en la resolucion de no admitir mas, que un único principio de todos los entes corporeos, andan besando las manos á todos los quatro elementos, unos á este, y otros á aquel, para acomodarse cada qual con el que mejor le parece. Y note Vm. sobre la marcha, mi Padre Fray Gerundio, que el peso del ayre, que tanto nos cacaréan los modernos, como un descubrimiento muy importante que no se havia hecho en el mundo, hasta que se inventó la Máquina Pneumática, con el qual nos encajan una Philosophía llena de ventosidades, ya en tiempo de Anaxímenes debia ser tan conocido, como el peso del plomo. Porque, si este Philósopho tuvo para sí por cosa cierta é indubitable, que todo quanto veía y palpaba era ayre, y nada mas (y en cierto sentido, á fé que no le faltaba razon), que el plomo era ayre, el hierro era ayre, las piedras eran ayre, necessariamente havia de persuadirse, á que el ayre era pesado.»

11. «En la misma cierta, firme, y valedera persuasion estuvo no ménos que el mismo Aristóteles, á quien sus propios discípulos en muchas materias dexan padecer unas persecuciones injustas de estos bellacones de Philósophos modernos, que, en Dios y en mi conciencia, no sé como se lo sufre el corazon. Pero, qué han de hacer los pobres, si los mas ni aun por el pergamino han leído en su vida á su Maestro? Pues, este hombre, verdaderamente grande, conoció demonstrativamente el peso del ayre con un experimento que hizo, sencillo, simple, y natural, sin mas Máquina Pneumática, que la de un triste pellejo: pesóle primero estrujado, y pesóle despues inflado, y halló, que inflado pesaba mas que estrujado; con que infirió legítimamente, que á no ser por arte de encantamiento esto no podia suceder, sin que el ayre tuviesse peso. Esta experiencia la refiere el mismo buen viejo claritamente, y no con palabras Góthicas, como él ó sus intérpretes se explican en otras partes, en el librode Cœlo, cap. 4º, y en verdad, que para hacerla no huvo menester andarse con bolas de vidrio llenas de ayre, ni con Máquinas Pneumáticas para extrahérsele, como lo hizo el bueno del Académico Monsieur Amberg, supongo que no mas que ad terrorem, pues para la prueba bastaba qualquiera vejiga de puerco, de buey, y aunque fuesse de un burro viejo.»

12. «No le agradó á Empedocles esta monotonía en la constitucion de los cuerpos, y, queriendo echar el pié adelante á todos los que le havian precedido, dixo, que aquellos tan léxos estaban de componerse de un solo único elemento, que todos se componian de todos quatro; pero no como nosotros grosera y sensiblemente los percibimos, impuros, mezclados, y revueltos unos con otros, sino puríssimos, desecadíssimos, y en fin como á cada uno le parió su madre la naturaleza. Preguntado, en qué consistia la diferencia específica de los mixtos, puesto que todos se componian de unos mismos simples, respondia, con aquella gravedad y con aquella soberanía propia de un hombre, que despreciaba Coronas y Cetros, que, á la reserva del hombre (á quien no negaba alma racional, distinta de los quatro elementos), todos los demas mixtos solo se diferenciaban entre sí, ya por la varia combinacion de los elementos mismos, ya por el mayor predominio del uno sobre el otro, y que assí entre la rana y el burro no havia otra diferencia, sino que en aquella dominaba el agua, y en este la tierra, y que por esso croaba la una, y el otro rebuznaba.»

13. «Parécele á Vm., Padre mio Fray Gerundio, que los modernos no remedaron tambien al amigo Don Empedocles? Pues, cuente Vm. por sequaces suyos á todos aquellos Médicos à la dernière (son estos innumerables), los quales no se contentan con decir, que en todos los mixtos se mezclan los elementos, lo que apénas se puede dudar; sino que añaden, que á ellos, y á nada mas, se reducen todos los mixtos, pretendiendo, que todo quanto se extrahe de ellos por el análysis, ó por la resolucion, es ayre, agua, tierra, y fuego, et præterea nihil. Cuente Vm. tambien por el mismo partido á los Chýmicos, y sepa, que este, el dia de hoy, es un partido formidable; los quales, aunque de los elementos de Empedocles solo admiten en la apariencia dos, conviene á saber, el agua y la tierra, y en lugar de los otros dos inventan ellos tres, á los quales llaman espíritu, azufre, y sal; pero en realidad el espíritu se reduce al ayre, el azufre al fuego, y la sal al agua; con que solo añaden voces al Systema Empedocliano. Finalmente, cuente Vm. por el mismo vando (segun quieren malas lenguas) al habilíssimo Jesuíta Honorato Fabri, el qual, aunque en rigor hizo burla de todos los Systemas Philosóphicos, sin declararse partidario de alguno de ellos, pero alguna mayor inclinacioncilla mostró á la opinion de nuestro Empedocles, bien que exceptuando de ella al hombre y á los brutos, porque esto no lo podia ajustar con lo que enseña la Fé.»

14. «Y los señores Philósophos Atomistas y Corpusculares, que son los que hasta pocos años ha han metido mas bulla, piensa Vm. que fueron originales? Ríase de esso por su vida: tan monas ó tan monos fueron, como todos los demas. En diciéndole á Vm., que la Philosophía Atomista y Corpuscular cuenta ya por lo ménos cerca de dos mil y cien años de antigüedad; que la inventó Leucipo, la adelantó Demócrito, y la extendió Epicuro, mas de trecentos años ántes que naciesse Christo: sabrá que los Galiléos de Galiléis, los Gasendos, los Bacones, los Descartes, los Maignanes, los Sagüens, los Toscas, y otros, que no se pueden contar, no hicieron otra cosa que christianizarla, en lo que pudieron, refundirla, en lo que no encontraron inconveniente, y sacarla al theatro barbi-hecha, afeytada, y con zapatos nuevos.»

15. «Solo con poner en limpio lo que dixo Epicuro está hecha la prueba. Soñó, pues, alguna noche, que havia cenado poco y bebido mucha agua (porque con efecto fué hombre templado), que allá desde la eternidad andaban revoleteando libremente y á sus aventuras, sin órden y sin concierto, por essos immensos espacios que llamamos Cáhos, una infinita multitud de átomos ó de cuerpecillos, los quales se estuvieron moviendo y traveseando sin forma y sin destino, siglos de siglos, hasta que quiso su buena suerte y la nuestra, que por una dichosa casualidad se travaron, unieron, y pegaron todos unos con otros, y formaron esta prodigiosa massa, de que se compone todo el Universo: Cielos, Astros, Montes, Valles, Rios, Plantas, Brutos, Hombres. Para que esta casualidad, aunque extraordinaria, no fuesse milagrosa, vino muy á pelo y conduxo mucho, que los tales átomos ó cuerpecillos no eran todos ni de una misma figura, ni de un mismo peso; sino que quiso la suerte, que unos fuessen redondos, otros quadrados, estos cúbicos, aquellos pyramidales, unos cylíndricos, otros triangulares, agudos estos, y aquellos chatos, unos mas pesados, y otros mas leves. Y como estuvieron tanta infinidad de siglos encontrándose unos con otros, no fué impossible, que al cabo acertassen á enlazarse, enredarse, y engancharse recíprocamente, mezclándose con variedad unos con otros, y étele formada toda la massa del mundo, con toda la diversidad de mixtos y de entes, que la constituyen.»

16. «Y no crea Vm., amigo Fray Gerundio, que Epicuro, ni los muchos corbatines, bonetes, y capillas, que le copian al somormujo, se embarazan en explicar la diversidad sensible de los entes, segun esta sentencia. Bueno es esso para su despejo! Si Vm. les pregunta, qué cosa es la tierra, responderán con la mayor satisfaccion del mundo: es un gran agregrado de átomos cúbicos, que juntó la casualidad en un monton, y en esso consiste la consistencia y la solidez de la tierra. Y el agua, qué cosa es? Esso es claro como el agua: es un casual conjunto de átomos redondos, circulares, y globulosos, que no pueden estar parados, si no los cierran en alguna vasija, ó no los reprimen con algun dique, y ve ahí en qué topa toda la fluidez de este elemento. Y el fuego? El fuego, quien no ve, que es una massa de átomos pyramidales, puntiagudos, y muy afilados, que á fuer de tales todo lo penetran, lo taladran, y lo deshacen; y cátate ahí el secreto de su prodigiosa actividad. Y el ayre, qué será? Bella pregunta! qué entendimiento havrá tan romo, que no conozca, que el ayre no viene á ser mas, que un immenso espacio ocupado de bolillas revoleteantes, mucho mas menudas, tersas, y lisas, que las que componen el agua; y en esto consiste clara é indubitablemente, que aquel sea mucho mas flúido y mucho mas diáfano que esta.»