Ello no tuvo remedio: cerróse Fray Gerundio en que havia de ahorcar los hábitos Philosóphicos, y que no havia de tomar los Theologales, á excepcion del de la Fé, que esse ya le tenia desde el bautismo; el de la esperanza de salvarse, á lo ménos per modum hæreditatis, no le podia faltar; y con el de la charidad debemos piadosamente suponerle, porque parecia buen Religioso, salvo sus manías y caprichos, que absolutamente podian ser sin mucho perjuicio de su conciencia. Viéndole los Prelados de la Religion y los Padres graves del Convento tan displicente con la Philosophía, y tan empeñado en que no havia de estudiar Theología, pues, para ser Predicador Conventual y para predicar como predicaban otros muchos, con grande séquito, aplauso, y provecho de su peculio, decia, que no la havia menester, y á fé que en esso le sobraba la razon por los texados; observando por otra parte, que mostraba bastante despejo, que tenia buena voz, que era de grata presencia, asseado, limpio, prolixo, tanto, que picaba en pulcro; pareciéndoles en fin, que, llevándole la inclinacion por allí con tanta vehemencia, como le armassen de buenos papeles, que no faltaban en la Orden, pues se conservaban los que havian dexado en sus espolios algunos famosos Predicadores, podria acaso parecer hombre de provecho, acreditar la Religion, y ganar su vida honradamente: resolvieron condescender con sus deseos. Pero ántes les pareció conveniente experimentar, qué era lo que se podia esperar de sus talentos pulpitables.

2. Es loable costumbre de la Orden exercitar á los Colegiales jóvenes, assí Artistas como Theólogos, en algunos Sermones domésticos, que se predican privadamente á la Comunidad, miéntras se come en el Refectorio, dándoles tiempo limitado para componerlos: llevando en esto la mira, lo primero, de descubrir los talentos que muestra cada uno; lo segundo, de que se vayan desembarazando, y acostumbrando á hablar en público, para quando llegue el caso de hacerlo en Theatros mas numerosos; y lo tercero, de que tambien vayan aprendiendo á exercitar un ministerio, que debe saber exercitar todo Religioso Sacerdote, siga la carrera que quisiere. En otras Religiones, donde se practica tambien esta loable costumbre, los Sermones de Refectorio son por lo comun sobre las Festividades del año, y se suelen predicar en los mismos dias, en que se celebran, siendo de cargo del Lector, con acuerdo del Prelado, nombrar al Colegial que quiere que predique. Pero, como en cada Religion hay sus estilos, en la de nuestro Fray Gerundio esta incumbencia es privativa del Predicador mayor de la Casa, al qual, avisado por el Superior, toca nombrar el Colegial Predicador, y señalarle para el Sermon el assunto, Mysterio, ó Santo, que quisiere, con todas las circunstancias, que á él se le antojaren, con tal que sean de aquellas, que suelen concurrir en los Sermones, y es gala precisa hacerse cargo en la Salutacion de todas ellas.

3. Apénas, pues, volvió el Padre Fr. Blas, Predicador mayor de la Casa, de predicar su famoso Sermon de San Benito del Otero en Cevico de la Torre, quando fué á presentarse al Prelado y á tomar, segun la ley, su Benedicite. Hechas las preguntas acostumbradas (por algunos pocos Superiores ménos prudentes, y muy agenas de los mas, que verdaderamente son hombres sérios y cuerdos), de como lo havia passado, como se havian portado los Mayordomos, quanto le havia valido el Sermon, qué comida havia habido, y si trahia algunas Missas para el Convento; y haviéndole satisfecho á todo Fray Blas, entregándole por conclusion docientos reales, limosna de cien Missas, que havia sacado, y por otra parte ochenta, para que su Paternidad muy Reverenda dixesse otras veinte, á razon de quatro reales; oído y recibido todo con extraña benignidad por el afabilíssimo Prelado, que, con esta ocasion, volvió á confirmar á Fray Blas la licencia general, que le tenia dada, para que, durante su govierno, admitiesse con la bendicion de Dios quantos Sermones le encomendassen; le dixo por fin y por postre: «Váyase, Padre Predicador, á desalforjar y á descansar á su Celda, y, ántes que se me olvide, encargue luego un Sermon de Refectorio á Fray Gerundio, que tenga algunas circunstancias; pero le prevengo, que no se le componga el Padre Predicador, y déxele, que le trabaje él enteramente; porque, como esse muchacho hipa tanto por el Púlpito, queremos saber lo que él puede dar de suyo.»

4. En un manuscrito antiguo de el Convento se halló advertido á la márgen, que, al oír Fray Blas este encargo del Prelado, y trasluciendo por él, que con efecto pensaban en echar por la carrera del Púlpito á su queridito Fray Gerundio, que era lo que los dos tantas veces havian tratado en la Celda á puertas cerradas, se alborozó tanto, que con aquel primer ímpetu del gozo ya havia echado mano á la faltriquera para sacar el doblon de á ocho, que le havia valido el Sermon, y regalársele al Prelado; pero, pensándolo mejor en el mismo instante, sacó el pañuelo, limpióse los mocos, ofreció hacer al punto quanto le havia mandado, y partió aceleradamente.

5. Aún estaba con los hábitos arremangados, quando, sin ir á su Celda, se entró de golpe y como galopeando en la de Fray Gerundio. Encontróle descuidado, asustóle un poco; arrojóse sobre él, dióle cien abrazos, y solo le dixo: Vamos, chico, vamos á mi Celda, que te traygo un Obispado. Siguióle Fray Gerundio, que se recobró presto del susto, y en el camino le preguntó: Oye usted, y como salió el vernal paralelo? — «Hijo mio, de los Cielos!» le respondió el Predicador. — «Y aquello de las grandes risadas? Et grandes mirata est Roma cachinnos.» — «Amigo, á pedir de boca, porque á carcajadas se hundia la Hermita.» — «Pues yo sé, añadió Fr. Gerundio, que lo de puer nudus, alatus, myrthoque coronatus, qui humi sedebat, daria gran golpe.» — «Qué llama golpe? Dió tal porrazo, que un Bachiller por Sigüenza dixo públicamente en la mesa, que él havia oído mas de mil Sermones de San Benito; pero que cosa mas propia para representar al Santo, quando se revolcaba en la zarza, no la havia oído.» — «Mas de mil?» replicó Fray Gerundio. — «No seas material, respondió el Predicador, que esso se entiende dos ceros mas ó ménos.»

6. Con esta conversacion entraron en la Celda de Fray Blas: desalforjóse este, quitóse las polaynas, baxóse la saya, echó las dos manos á la capilla, que aun se mantenia descolgada, cogió vuelo, y arrojándosela primero toda sobre la cabeza, de manera que ya le cubria por la parte anterior hasta muy entrado el pecho, volvió despues con una especie de columpio á ponerla symétricamente sobre la mitad del cerquillo, y en fin la baxó hasta el medio del pescuezo, colgando por la parte anterior iguales las dos puntas en los lados. Tomó un peyne, que estaba sobre la mesa, atusóse el cerquillo y el copete, abrió una alacena, sacó un frasco de vino de la Nava con vizcochos, echaron los dos un traguito, y aún no havia colado bien el último sorvo por el gaznate de Fray Gerundio, quando este le preguntó con impaciencia, qué Obispado le trahia?

7. — «Qué Obispado te he de traher? le respondió Fr. Blas, todo alborozado: que el Prelado me dió á entender, que querian sacarte de los estudios y aplicarte á la carrera del Púlpito. Puede haver mejor Obispado para tí? Si logras esto, no lo passarás, no digo yo como un Obispo, sino como un Arcediano? y mas con las reglecitas, que yo te daré á su tiempo.» — «Padre Predicador, qué dice?» le replicó Fray Gerundio. — «Lo dicho dicho; respondió el Predicador. Díxome, que luego luego te encargasse un Sermon del Refectorio, y que no te le compusiesse yo, porque, como muestras tanta inclinacion á sermo sermonis, y tan poca á sylogismos y á ergos, querian ver hasta donde llegaba, ó á lo ménos lo que prometia tu cosecha. Y assí, amigo mio, apretar los codos, que, á lo ménos en este Sermon, yo no te he de decir palabra, y te he de dexar que vayas por los senderos de tu corazon. En saliendo de este barranco, será otra cosa: mis papeles serán tuyos, porque tus lucimientos serán mios.»

8. En el mismo manuscrito antiguo, donde se encontró la nota passada, se halló otra, que dice de esta manera: Atónito estuvo oyendo Fray Gerundio esta noticia, y le embargó tanto el gozo, que estuvo como fuera de sí por espacio de tres ó quatro Credos rezados con pausa. Luego que se recobró, echó los brazos al cuello al Predicador mayor de la Casa, y le dixo: «Pues ahora bien, despachemos quanto ántes, y señáleme Vm. luego el Sermon, que tengo de predicar; pues, aunque diga cien disparates en él, á lo ménos ninguno me ha de dar plumada, todo ha de salir de mis cascos, y tanto como el garvillo y el modo de decir no ha de descontentar, aunque parezca mal que yo lo diga»; y, diciendo y haciendo, se subió sobre una silla, ó taburete (que en esto hay variedad de leyendas, y no están concordes los Autores), igualó las dos puntas delanteras de la capilla, metió los dos dedos de la mano derecha por entre ella y la nuez de la garganta, como para desahogarse; miró hácia todas partes con desden y magestad; sacó despues un pañuelo de seda, y se sonó con autoridad; metióle en la manga izquierda, y de la derecha sacó otro pañuelo blanco, con el qual hizo como que se limpiaba los ojos; entonó el Alabado sea, etc. con voz grave, ahuecada, y sonorosa; persignóse magistralmente con la mano muy extendida, y tanto que al llegar al palo de la Cruz, que se forma desde la punta de la nariz hasta la barba, parecia que hacia la mamola; tomó por thema: Caro mea vere est cibus, et sanguis meus vere est potus, con aquello de ex Evangelica lectione Joannis, capite tertio decimo; y prorrumpió en esta disparatadíssima cláusula, que havia tomado de memoria, haviéndola oído á otro Colegial, amigo suyo, en un Sermon del Refectorio, y él la decoró teniéndola por cosa grande. Al pautar las desigualdades de mi grosero pensar, fuí desenebrando las lineas de mi discurso, tirando los primeros barruntos de mi imaginativa hácia el escrutinio del Evangelio Sagrado. Caro mea. Qué elegante está el Profeta! Y callando de repente, porque no sabia mas, prosiguió predicando un Sermon mudo, manoteando, y remedando todas las acciones, gestos, y posturas, que havia observado en los Predicadores, y á él le havian caído mas en gracia; tan enfrascado en esto que aun el mismo Predicador mayor se tendia de risa por aquellos suelos, y aun llegó á temer, si se havia vuelto loco el pobre Fray Gerundio.

9. Cerca de una hora duró esta silenciosa muestra de sus predicaderas, en el qual espacio de tiempo el buen Fraylecito se zarandeó tanto aquel cuerpo, con tales movimientos, con tantas posturas, con tan violentas convulsiones, unas veces cruzando los brazos, otras abriéndolos y extendiéndolos en forma de Cruz; ya amagando á echarse de bruces sobre el Púlpito, ya arrimándose contra la pared, á ratos poniéndose de asas, á ratos levantando el dedo hácia arriba, á manera de quadro de San Vincente Ferrer, que al fin quedó tan sudado y tan rendido, como si huviera predicado de veras, y fué preciso volver á reconvenir al frasco y á refrendar los vizcochos, lo que hizo tambien con especial gusto, por ser esta ceremonia precisa, quando se acaba el Sermon.

10. Despues que descansó algo de su fatiga, estuvo un poco sereno; y despues tambien que el Predicador se recobró de lo mucho que havia reído durante aquella extraña funcion, le dixo este: «Es cierto, Fray Gerundio, y no se puede negar, que tienes talento conocido, especialmente algunas acciones salen que ni pintadas; y, aunque no hablabas palabra, claramente conocia yo lo que querias decir con ellas. Parece, que tienes en las manos los Sermones. Y aquí viene de perlas aquello del Sabio, in manu illius nos et sermones nostri; porque, aunque en realidad allí habla de cosa muy diferente, quien me quita á mí aplicarlo á otra muy distinta, quando viene el texto tan clavado? Ahora bien, manos á la obra, que yo quiero ya señalarte el assunto, á que has de predicar, y las circunstancias, de que te has de hacer cargo en el Sermon.»